Cuándo es necesario que tu hijo asista a terapia infantil

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Orientación Psicológica

Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

La terapia infantil puede estar recomendada en situaciones muy diferentes: cuando se dan problemas de conducta, con dificultades emocionales, problemas de ansiedad, miedos, problemas escolares, cambios importantes en la vida familiar, procesos de separación o divorcio (acudir a un abogado de custodia compartida), dificultades de adaptación derivadas de cambios en la organización familiar o en el régimen de convivencia. Sin embargo, acudir a un psicólogo no significa necesariamente que exista un trastorno. En muchas ocasiones, la intervención psicológica sirve precisamente para prevenir que una dificultad puntual termine convirtiéndose en un problema mayor, y por ello informar y prevenir es uno de los mayores recursos que disponemos para que la salud mental de vuestro hijo sea prioritaria.

Una de las principales dificultades que encontramos los adultos es saber cuándo determinados comportamientos forman parte del desarrollo normal del niño y cuándo pueden estar indicando que necesita ayuda. Los niños no siempre tienen las herramientas necesarias para explicar lo que les ocurre y por eso, en ocasiones, su malestar aparece en forma de rabietas, cambios de comportamiento, problemas para dormir, irritabilidad, dificultades en el colegio o incluso síntomas físicos. Para comprender la dificultad que puede existir a la hora de detectar determinados problemas emocionales, debe tenerse en cuenta que, en algunos niños, el malestar psicológico puede manifestarse a través de irritabilidad, cambios de humor, aislamiento o alteraciones de conducta, entre otros posibles signos. 

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Cuando el comportamiento cambia

Un cambio significativo y mantenido en la conducta del niño puede ser una señal de que algo está ocurriendo. Un niño que habitualmente es tranquilo y comienza a mostrarse especialmente irritable, agresivo, desafiante o aislado puede estar expresando un malestar que no sabe explicar de otra manera. En estos casos, resulta importante que los adultos traten de comprender qué puede estar sintiendo el menor, evitando juzgar o minimizar sus emociones. 

No se trata de llevar a terapia a un niño cada vez que tiene una rabieta o desobedece. Las conductas difíciles forman parte del desarrollo y todos los niños atraviesan etapas más complicadas. La cuestión está en observar la intensidad, la frecuencia, la duración y el impacto que tienen en su vida cotidiana

También debemos prestar atención a cambios que aparecen de manera repentina: dejar de jugar, perder interés por actividades que antes disfrutaba, mostrarse mucho más triste, estar constantemente enfadado o presentar una necesidad excesiva de estar con los adultos.

Ansiedad, miedos y preocupaciones

Los miedos también forman parte de la infancia. El miedo a la oscuridad, a determinados animales o a separarse de los padres puede aparecer en diferentes etapas y desaparecer progresivamente.

La preocupación surge cuando ese miedo empieza a limitar al niño. Si evita ir al colegio, dormir solo, quedarse con otras personas, participar en actividades o separarse de sus padres, puede ser conveniente realizar una primera visita para entender qué está pasando y si se trata de un miedo evolutivo que ha de solventar para seguir desarrollándose o es una dificultad mucho más grave que está queriendo explicar otro problema.

Lo mismo puede ocurrir ante situaciones de ansiedad o malestar emocional. Algunos síntomas físicos o cambios de conducta, como dolores frecuentes de barriga o de cabeza, dificultades para dormir o una preocupación excesiva, pueden aparecer asociados a estas situaciones, aunque su origen debe ser valorado por los profesionales correspondientes. 

En estos casos, no siempre es fácil para los padres relacionar los síntomas físicos con el estado emocional. El niño puede decir que le duele la barriga sin ser consciente de que, en realidad, está preocupado por algo que ocurrirá al día siguiente.

Separaciones, divorcios y custodias compartidas

La separación de los progenitores supone un cambio relevante en la organización familiar. Esto no significa que el divorcio o la ruptura de pareja vaya a provocar necesariamente problemas psicológicos en los hijos. La adaptación del menor dependerá de múltiples circunstancias y, entre ellas, de su edad y madurez, de la estabilidad de sus rutinas, de la relación que mantenga con ambos progenitores y de la forma en que los adultos gestionen la nueva situación familiar. 

En los supuestos de custodia compartida, algunos menores pueden necesitar un periodo de adaptación a la alternancia de domicilios, las nuevas rutinas o la organización de los tiempos con cada progenitor. La existencia de una custodia compartida no implica, por sí misma, la necesidad de intervención psicológica, que deberá valorarse atendiendo a las circunstancias concretas y a las necesidades del menor.

El objetivo de la terapia no debería ser determinar qué progenitor tiene razón ni convertirse en una herramienta dentro del conflicto familiar. Su finalidad es ayudar al niño a comprender y expresar lo que siente, adquirir recursos para adaptarse a los cambios y garantizar que sus necesidades emocionales sean tenidas en cuenta por parte tanto de él mismo como de los padres.

Desde el punto de vista jurídico, cualquier decisión relativa a los hijos menores debe adoptarse atendiendo primordialmente a su interés superior. Por ello, ante una separación o divorcio, el asesoramiento de un abogado de custodia compartida puede resultar útil para valorar las circunstancias familiares y establecer unas medidas adecuadas a las necesidades concretas de los hijos.

Además, en muchas ocasiones el trabajo con los padres resulta tan importante como el realizado directamente con el niño. La forma en la que los adultos gestionan una separación puede facilitar o dificultar enormemente la adaptación del menor.

¿Quién decide si el menor debe acudir al psicólogo tras una separación? 

Cuando los progenitores ejercen conjuntamente la patria potestad, las decisiones relevantes relativas a los hijos deben adoptarse, con carácter general, de común acuerdo, sin perjuicio de los supuestos previstos legalmente en los que puede actuar uno solo de ellos. 

En caso de desacuerdo, el artículo 156 del Código Civil prevé la posibilidad de acudir a la autoridad judicial para que, después de oír a ambos progenitores y al hijo si tuviera suficiente madurez y, en todo caso, si fuera mayor de doce años, atribuya a uno de ellos la facultad de decidir. Existen, además, reglas específicas respecto de la asistencia psicológica de los hijos menores en determinados supuestos de violencia expresamente contemplados en dicho precepto.

Cuando aparecen dificultades en el colegio

Los cambios en el rendimiento académico también pueden ofrecer información relevante sobre el bienestar del menor. Un descenso repentino de las notas, falta de concentración, rechazo a acudir al colegio, conflictos frecuentes con compañeros o profesores o una pérdida de interés por las actividades escolares pueden indicar que existe alguna dificultad que conviene explorar.

No siempre se trata de un problema emocional. Detrás de estas dificultades pueden existir múltiples causas, incluidas dificultades de aprendizaje o de atención, que deberán ser valoradas, en su caso, por los profesionales correspondientes.

Por eso, antes de asumir que un niño «no quiere estudiar» o «no se esfuerza», es importante preguntarnos qué puede estar dificultando que lo haga.

También es importante escuchar lo que ocurre dentro del aula. Un niño puede presentar dificultades académicas porque no comprende determinados contenidos, pero también porque se siente rechazado, tiene miedo a equivocarse, sufre acoso o experimenta una presión excesiva por parte de su entorno.

Cuando le cuesta relacionarse con los demás

Las relaciones sociales son otra área importante. Algunos niños son más tímidos, necesitan más tiempo para relacionarse o prefieren jugar solos, y eso no significa necesariamente que exista un problema.

Sin embargo, si un niño quiere relacionarse pero no consigue hacerlo, tiene conflictos constantes con sus compañeros, se siente rechazado, no sabe interpretar determinadas situaciones sociales o sufre intensamente por ello, puede resultar conveniente valorar la intervención de un profesional de la psicología. 

El objetivo no es convertir a todos los niños en personas extrovertidas, sino ayudarles a desarrollar las herramientas que necesitan para relacionarse de una manera que les permita sentirse seguros.

Ante situaciones especialmente difíciles

Hay acontecimientos que pueden superar los recursos habituales de un niño: el fallecimiento de un familiar, una enfermedad, un accidente, un cambio de ciudad, el nacimiento de un hermano, experiencias de acoso escolar, violencia, separación de figuras importantes o cualquier otra experiencia que haya generado un impacto significativo. Este tipo de circunstancias pueden constituir acontecimientos vitales estresantes para el menor y afectar de manera diferente a cada niño. 

En estos casos, la terapia tiene por objetivo proporcionar un espacio seguro en el que el niño pueda elaborar lo ocurrido y encontrar formas más saludables de afrontarlo.

No todos los niños reaccionan de la misma manera ante una misma situación. Algunos expresarán claramente lo que sienten, mientras que otros pueden parecer indiferentes o continuar con su rutina habitual. Por eso, no debemos valorar únicamente lo que el niño dice, sino también cómo está funcionando en su día a día.

¿Hay que esperar a que el problema sea grave?

No es necesario esperar a que el malestar del menor alcance una intensidad elevada para solicitar orientación profesional. 

La psicología infantil no tiene que utilizarse únicamente cuando existe un diagnóstico. También puede ser útil para prevenir, orientar y acompañar. En ocasiones, unas pocas sesiones pueden ayudar a los padres a comprender qué está ocurriendo y aprender cómo responder ante determinadas situaciones.

Además, pedir ayuda no significa que los padres hayan hecho algo mal. La crianza es compleja y existen momentos en los que necesitamos una mirada externa que nos ayude a entender mejor lo que está sucediendo.

Lo más importante es observar al niño y preguntarnos si existe un cambio respecto a cómo era habitualmente, si su malestar se mantiene en el tiempo y, sobre todo, si está interfiriendo en su vida familiar, escolar o social.

A veces, detrás de un «no sé qué le pasa» se encuentra precisamente un niño que sí está intentando decirnos algo, pero todavía no sabe cómo expresarlo. La terapia puede ayudarle a poner palabras a aquello que todavía no puede explicar.

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