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Los límites no separan, protegen

Cuando pasamos de ser buenas personas a ser complacientes, se pierde la esencia y seguridad en uno mismo. Ser complaciente no es ser buena persona.

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Orientación Psicológica

Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Lucía es una niña de ocho años y, desde bien pequeña, sus padres siempre le han repetido que tiene que portarse bien. Cuando dicen “portarse bien” se refieren a no tener conflictos con los compañeros, ayudar a los demás, colaborar con los profesores, ayudar en casa y pedir ayuda cuando lo necesite.

Cuando Lucía llega a la adolescencia, con 13 o 14 años, se da cuenta de que tiene un grupo de amigas con las que hace muchas actividades que les gustan a ellas, pero le cuesta proponer las suyas. Cuando le han propuesto ir al cine, ha dicho que sí, aunque en realidad no tenía muchas ganas.

Más adelante, cuando empieza a salir por las noches con sus amigas, Lucía nota que el mundo de la noche nunca le ha gustado demasiado: siempre ha preferido quedarse en casa, viendo una película tranquilamente con su familia o con sus amigas.

Lucía termina sus estudios superiores, aunque vive algunos conflictos con sus compañeros, porque a veces se aprovechan de ella en los trabajos en grupo.

Ahora, ya en el mundo laboral, se da cuenta de que cada vez le piden más tareas, y eso la agobia. Pero no puede decir que no, porque piensa que hacerlo sería no ser una buena trabajadora ni una buena compañera.

A Lucía le pasa lo mismo que a muchas personas: tiene dificultades para marcar límites.

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Nadie nos enseña a marcar límites

Marcar límites no es ser egoísta, ni pensar solo en uno mismo, ni restar importancia a las necesidades de los demás. Marcar límites es el paso previo y necesario para poder sentir seguridad. Y cuando sentimos seguridad, podemos estar tranquilos.

El orden es el siguiente: los límites hacia los demás y hacia uno mismo trazan el camino hacia la seguridad, y sentir esa seguridad nos permite estar más tranquilos, tanto con nosotros mismos como con nuestro entorno.

Si no aprendemos a marcar límites, permitiremos que los demás traspasen nuestras fronteras, no comprenderemos que ellos también tienen las suyas, y viviremos con una sensación constante de peligro, porque en cualquier momento alguien podrá decir o hacernos algo que nos dañe.

Cuándo poner límites

Hay momentos clave en los que debemos decir basta: cuando te hablan mal, cuando dicen cosas que tú no has dicho, cuando te piden hacer algo que va en contra de tu voluntad o de tus valores, cuando te exigen demasiado o cuando no estás de acuerdo con una dinámica familiar.

También es importante ponernos límites a nosotros mismos: al consumo de azúcar, al exceso de trabajo, a las pantallas, o a los entretenimientos que no son sanos.

Para entender si lo que te están pidiendo requiere poner un límite o no, la pregunta es sencilla: ¿me estoy sintiendo cómodo con esto?

Escucha a tu cuerpo. Si notas rechazo hacia esa persona o hacia lo que te pide, tienes todo el derecho del mundo a decir que no. Pero también tienes la responsabilidad de hacerlo de una forma sana, porque marcar límites exige hacerlo con respeto, tanto hacia ti como hacia los demás.

Consecuencias de marcar límites

En el momento en que empieces a pensar en tus propias necesidades y a defenderlas, verás cómo eso genera cierta incomodidad en las personas de tu entorno.

Estarás cambiando dinámicas familiares, porque dejarás de cargar con responsabilidades que no te corresponden. También cambiará la relación con tu pareja, porque dejarás de hacer aquello que te exigía pero que te hacía sentir incómoda.

Y mientras suceden estos cambios, notarás cómo cada vez te sientes más segura. Con el tiempo, esos límites te harán sentir una seguridad que transformará el nerviosismo inicial por las consecuencias en tranquilidad y confianza en ti misma.

Lo difícil es la primera vez. Pero cuando aprendes a marcar límites de forma sana, te das cuenta de que hubiera estado bien empezar a hacerlo hace años.

Como decía antes: los límites te llevan a la seguridad, y la seguridad a la tranquilidad.

Así pues… ¿cuándo vas a empezar?

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alzheimer

La luz que no se apaga: cómo cuidar y comprender a una persona con Alzheimer

Más de 100.000 andaluces conviven con alguna demencia. Entender el curso evolutivo del Alzheimer ayuda a humanizar el cuidado y reducir el sufrimiento.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

La enfermedad de Alzheimer es uno de los grandes retos que tenemos por delante, tanto para los profesionales como para los familiares de las personas mayores de 65 años.
Aproximadamente un 7 % de la población mayor de esa edad podría padecer Alzheimer y, según datos de la Junta de Andalucía, más de 100.000 personas en la comunidad están diagnosticadas con algún tipo de demencia.
Actualmente existe el Plan Integral de Alzheimer y otras Demencias de Andalucía, cuyo objetivo es orientar, prevenir, detectar, diagnosticar, atender y realizar un seguimiento a personas con algún tipo de deterioro cognitivo, ofreciendo apoyo tanto a pacientes como a familiares.

Hoy me gustaría explicaros las tres fases por las que suele pasar una persona con Alzheimer, para que podáis comprender cuáles son los síntomas más frecuentes y cómo podéis ayudar a quienes lo padecen.

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Primer estadio

En esta fase inicial, que suele abarcar entre el segundo y el cuarto año, una de las claves para detectarlo son las dificultades con la memoria reciente. Cuando le preguntas a una persona con Alzheimer qué ha comido ese día o qué ha hecho por la mañana, probablemente no lo recuerde.
En estos momentos, la persona suele empezar a repetir los mismos temas. También aparecen algunos cambios en la personalidad: puede mostrarse más irritable, y al ser consciente de su enfermedad, experimentar frustración.

Será fundamental que realice actividades relacionadas con el lenguaje, como leer o hacer sopas de letras, además de usar listas de tareas que le ayuden a organizar el día. Para los familiares, es recomendable practicar ejercicios de memoria, tanto de momentos actuales como del pasado.
La memoria remota suele permanecer intacta y, aunque a veces se repita, no pasa nada por escuchar de nuevo esas historias que recuerdan y que siguen dando sentido a su vida.

Segundo estadio

En esta fase moderada, que puede durar entre tres y cinco años, la persona empieza a sufrir una mayor desorientación espacio-temporal (no recuerda fechas ni lugares) y amnesia tanto retrógrada como anterógrada (no recuerda hechos pasados ni consolida los nuevos).
En algunos casos, pueden aparecer síntomas psicóticos, como alucinaciones.

Cuando observamos estos signos en un familiar, debemos ayudarle en las actividades básicas de la vida diaria. Si es posible, es recomendable su ingreso en un centro donde pueda estar acompañado; en caso contrario, es fundamental que cuente con la presencia de un profesional o cuidador durante el día.

Tercer estadio

En esta fase avanzada —la última—, la duración es variable, pero los síntomas son más severos. Se presentan problemas de memoria, atención y lenguaje, además de dificultades motoras (“marcha a pequeños pasos”) y pérdida de reconocimiento hacia sí mismo y hacia los demás.

Esta etapa resulta especialmente dura, no solo para la persona enferma, sino también para sus familiares, que observan cómo su ser querido se va apagando poco a poco.
En este punto, es recomendable recibir terapia psicológica o apoyo emocional, para poder comprender el proceso, y asegurar que el afectado disponga de cuidados las 24 horas, ya que lamentablemente deja de poder valerse por sí mismo.

La luz se va apagando

La persona con Alzheimer se apaga lentamente, en una marea de frustración, miedo e irritabilidad, tanto por su propia confusión como por el impacto que genera en quienes la rodean.
No es consciente de muchas de las cosas que hace o dice; la muerte neuronal progresiva le va arrebatando poco a poco sus capacidades. Es una vela que se consume, pero que mantiene su llama hasta el final.

Aunque puedan tener dificultades para reconocer a sus seres queridos, la memoria emocional permanece. A través de gestos sencillos —dar la mano, acariciar, hablar con ternura— podemos reactivar esa llama que todavía arde, lenta, pero cálida.

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autismo

Autismo: una forma distinta de sentir, pensar y vivir

Comprender el autismo implica mirar con empatía y conocer sus particularidades para acompañar mejor a quienes viven con esta condición.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

Cada vez se escuchan más casos de niños y niñas diagnosticados con autismo o trastorno del espectro autista (TEA). Para entender este diagnóstico —y, por tanto, comprender a ese familiar, amistad o compañero que lo presenta— es importante adoptar una mirada empática que nos ayude a comprender, y no juzgar, a las personas que han nacido con esta condición. Entender cómo son desde dentro también les permitirá abrirse, conocerse y regularse, porque, del mismo modo que un diagnóstico no tiene por qué limitarlas, sí puede convertirse en el motor que las impulse a mejorar en su día a día.

A de atención atípica

Las personas con autismo tienen dificultades para mantener una atención constante en aquellas tareas que no despiertan su interés. Estas dificultades de atención sostenida o selectiva (diferenciar lo importante de lo accesorio) a veces se confunden con el TDAH, otro trastorno del neurodesarrollo.

Aquí podemos enseñarles que la atención tiene relación con el valor que le damos a las cosas. Si les ayudamos a descubrir el valor real de una tarea, también estaremos ayudándoles a enfocar su atención de forma más adaptativa.

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T de tiempo de adaptación distinto

A las personas con autismo les cuesta más adaptarse a los cambios, a las nuevas rutinas o a los contextos sociales. En general, cualquier cosa que sea externa a sus intereses o que no hayan repetido previamente les puede resultar difícil.

Necesitan más tiempo para adaptarse, por lo que será importante anticipar y prepararlas para los cambios, incluso si se trata de un simple plan de fin de semana o de introducir un alimento nuevo.

I de intereses profundos

Las personas con autismo suelen tener intereses restringidos y dedican gran parte de su tiempo y energía a unos pocos temas. Por ejemplo, pueden sentirse fascinadas por el espacio, los dinosaurios, los trenes o los coches.

El problema no está en la intensidad del interés, sino en la dificultad para abrirse a otros, lo que puede generar obstáculos en las relaciones sociales si no comparten los mismos temas con los demás.

S de sensibilidad elevada

Es muy frecuente que respondan de forma emocionalmente intensa ante las situaciones cotidianas, los cambios inesperados o las interacciones con desconocidos. Este exceso de sensibilidad se relaciona con sus dificultades para autorregularse y calmarse.

Por eso, es fundamental enseñarles estrategias que les ayuden a relajarse y no reaccionar con tanta intensidad ante las contrariedades del día a día.

M de modo diferente de comunicarse

Las personas con autismo suelen tener dificultades para comunicarse e interactuar de forma fluida con los demás. Les puede costar mantener el contacto ocular, responder a lo que se les pide, respetar los turnos de palabra o preguntar por la otra persona.

Esto se debe, principalmente, a un problema de reciprocidad emocional: les cuesta entender que para interactuar es importante atender al estado emocional propio y ajeno.

Por ejemplo, si alguien les cuenta un problema emocional, puede que no sepan cómo responder, ya que no captan la carga emocional del mensaje. Por eso, tanto en niños como en adultos, es esencial trabajar las habilidades sociales y la empatía.

O de oportunidad

Las personas con autismo son, en muchos casos, un diamante en bruto. Si se les comprende y se les ofrece un entorno adecuado, pueden desplegar todo su potencial.

Algunos ejemplos de personas conocidas con autismo son Anthony Hopkins (actor), Satoshi Tajiri (creador de Pokémon), Greta Thunberg (activista), Bill Gates y Elon Musk.

Animo a las empresas a contratar a personas con esta condición. Con una estructura clara y un entorno estable, pueden desempeñar tareas con gran eficacia y responsabilidad.

Y, en el caso de los niños, animo a los padres a acudir a consulta para que aprendan habilidades de autorregulación y sociales, y para potenciar su motivación y talento. Porque, bien acompañados, estos niños y niñas no tienen límites.

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agresividad tierna

La agresividad tierna: cuando el cariño se mezcla con la fuerza

Cómo relacionamos la agresividad, el cariño, los vínculos y el autocontrol cuando sentimos un deseo y una energía frenética hacia la otra persona.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Seguro que en algún momento habéis escuchado: “¡Si es que me comería a este niño!” o “¡Dan ganas de apretarlo!”. Cuando se tienen unas ganas increíbles de apretar, abrazar o morder a alguien (tu pareja, un bebé, una persona a la que hace mucho tiempo que no ves…) y empiezas a hacerlo de una forma controlada, estás llevando a cabo lo que llamamos agresividad tierna, agresividad afectiva o agresión cariñosa. Aunque utilizamos la palabra agresión, no hay nada de agresivo en esta manera de demostrar nuestro cariño. Sin embargo, es cierto que si no aprendemos a controlarnos, podemos llegar a hacer daño a la otra persona. Y esto es lo que pasa en algunas ocasiones.

 

En las parejas, esta agresión tierna se da cuando se muerden los mofletes o la barbilla, se abraza muy fuerte o, por ejemplo, se pellizca alguna parte del cuerpo. Esta agresión tierna aparece indistintamente en hombres o mujeres, en adultos o en niños.

Vamos a entender por qué tenemos esta ternura y para qué nos sirve.

La agresión tierna es una forma de impulso que aparece en contextos de cariño, de vínculo o de juego, pero no con la intención de dañar, sino como una forma de descargar energía y expresar una emoción intensa. Para que aparezca esta ternura, necesitamos de tres sistemas de nuestro cerebro.

El primer sistema es el sistema límbico, un sistema muy antiguo que nos permite dar una respuesta emocional primaria, participando principalmente la amígdala. La amígdala se activa moderadamente que hace que aparezca una parte agresiva y energética, pero hay otra estructura llamada corteza prefrontal que controla a la amígdala, evitando que ese impulso se convierta en violencia.

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El siguiente sistema es el dopaminérgico, que se activa tanto en momentos de atracción como en la agresividad lúdica. Al activarse este sistema, cuando se muerde a la otra persona o se da ese abrazo tan fuerte, nuestro cerebro libera dopamina y endorfinas, dos sustancias que refuerzan nuestra conducta y nos producen placer.

El último sistema es el de apego, al liberarse una sustancia que regula nuestros vínculos: la oxitocina. La oxitocina, al igual que la corteza prefrontal, regula nuestra conducta agresiva y aumenta el vínculo con la persona con la que estamos mostrando esta agresividad tierna. Por eso, al abrazar fuerte a alguien o jugar con algo de fuerza, se combinan la excitación y la ternura.

Ahora que conocemos por qué tenemos esta agresividad tierna, vamos a entender para qué sirve este tipo de conductas.

La agresividad tierna permite fomentar vínculos con alguien a quien tenemos mucho cariño o con quien queremos mostrar afecto.A nivel social, también sirve para que el grupo vea que estamos mostrando cariño y afecto hacia los nuevos miembros, fomentando la cohesión grupal y permitiendo que los padres se sientan tranquilos.

Es también una forma de regular nuestra energía y nuestros deseos cuando estamos con nuestra pareja. En algunos contextos, la agresión tierna puede servir para regular ese apetito de intimidad y no ir a mayores.

En algunos juegos de niños, la agresión tierna también sirve para fomentar la cohesión y el vínculo a través del contacto, sin llegar a ser disruptivo o malintencionado hacia el otro compañero. Permite vincularse con la otra persona sabiendo que se puede descargar esa energía de forma controlada.

En el caso de bebés y niños, esta agresividad tierna aparece cuando el afecto es tan intenso que su sistema nervioso no puede procesarlo solo con ternura, y por ello necesita añadirle un componente motor, como apretar, morder o gritar.

La agresión tierna es, en resumen, una forma de autorregulación emocional que nos permite mostrar y expresar lo que estamos sintiendo, dejando entrever que lo que sentimos es muy intenso, pero controlándonos para no llegar a hacer daño a la otra persona. Así que ya sabes: la próxima vez que le des un abrazo muy fuerte a tu pareja o un pequeño mordisco en la mejilla, recuérdale que le estás diciendo que le quieres todavía más de lo que estás mostrando. Porque, si te dejaras llevar solo por la emoción, ¡te la comerías entera!

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El esfuerzo de estar tranquilo

No se trata de ser feliz todo el tiempo, sino de aprender a estar tranquilo mientras la vida sucede. Porque la calma, más que un estado, es una habilidad.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Durante muchos años se nos ha vendido que el objetivo en esta vida es ser felices. El problema de estar continuamente en búsqueda de esa felicidad es que perseguimos una emoción escurridiza, que dura poco, que no podemos controlar y que puede aparecer en los momentos menos esperados. Cuando estoy en terapia, los pacientes no vienen buscando esa felicidad, sino que vienen para compartir cómo se sienten, qué les pasa y qué pueden hacer para encontrarse mejor. Ese “estar mejor” es, en realidad, sinónimo de tranquilidad.

El verdadero objetivo que tenemos todos en esta vida es poder estar en calma mientras perseguimos nuestros sueños y afrontamos los desafíos del día a día. En una sociedad tan demandante, con tanto estrés y tantas exigencias —propias y ajenas—, alcanzar esa tranquilidad no siempre es fácil. Aprender a sentir calma gracias a nosotros mismos es complicado, porque requiere darse cuenta de cómo uno se encuentra, dedicarse tiempo, haber aprendido a calmarse, poner límites, ajustar lo que queremos conseguir con lo que realmente podemos alcanzar, y lidiar con las presiones. Y todo esto, desde luego, no es tarea sencilla.

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Nassim Taleb, economista y filósofo, decía en su libro El lecho de Procusto: “La persona a la que más temes contradecir es a ti misma”. Y esto también es aplicable a las personas que acuden a terapia. En muchas ocasiones, nuestra forma de actuar no nos ayuda a estar más calmados, y seguimos reproduciendo patrones que aprendimos y que quizás, hasta cierto momento, nos funcionaron. El problema llega cuando ese comportamiento deja de servirnos, y debemos comenzar a actuar en otra dirección. Aquí entra el aforismo de Taleb: debemos empezar a contradecirnos y a cuestionar nuestra manera de actuar, porque hemos llegado a un punto en el que ya no funciona.

Un muro que hemos construido

En la mayoría de los casos, la persona sabe lo que tiene que hacer para encontrarse bien. Solo necesita preguntárselo y dedicar unos minutos a pensar. Puede escuchar esa vocecilla interior diciéndole qué necesita en ese momento para estar tranquila: “no quedes con esa persona”, “cambia de trabajo”, “haz deporte”… Pero cuando uno piensa en el esfuerzo que debe hacer para conseguir esa tranquilidad, puede sentir un muro delante que le impide avanzar.

Superar ese muro implica esfuerzo, vencer miedos, superar traumas o afrontar el temido “qué dirán”. Y es aquí donde, en muchas ocasiones, la persona necesitará ayuda si no es capaz de superar ese muro por sí misma para alcanzar y mantener la calma.

El esfuerzo de estar tranquilo

Poder estar tranquilo o calmado requiere un esfuerzo diario para no dejarse arrastrar por las emociones y el malestar que, en muchas ocasiones, es propio, pero en otras nos viene impuesto. Es un esfuerzo para escuchar, comprender, empatizar, no frustrarse, saber cómo uno se siente, pensar en alternativas, preguntarse si está haciendo lo correcto, no gritar, pedir ayuda, ser realista, encontrar puntos medios… ¡Son tantos los elementos que uno debe tener en cuenta para estar tranquilo que casi podría decirse que es un trabajo a tiempo completo!

Y es que la salud mental no va de pastillas, sino de autoconocimiento y de valentía para saltar ese muro.

Había un cantante que me encanta escuchar, llamado Prome, que en una de sus letras decía: “La melodía que te acompañe en la vida seguirá el ritmo al que tú la bailes”. No olvides que tú marcas el ritmo con el que haces frente al día a día. Habrá días en los que irás más rápido y otros en los que irás más lento. Sea como sea, salta el muro, escúchate, pero no te detengas.

Baila —aunque sea a tu ritmo—, y si necesitas ayuda para autorregularte, pídela. Se camina más rápido solo, pero acompañado se llega más lejos.

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Cuidar a las personas mayores

Cuidar a quienes nos cuidaron es un reto de nuestra sociedad. En Almería, miles de personas mayores esperan atención, compañía y la oportunidad de dejar huella.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Una de cada cinco personas en España tiene más de 65 años y en la provincia de Almería, aproximadamente, una de cada seis. Esto nos hace pensar en la importancia de destinar recursos a las personas mayores, no solo materiales, sino también psicológicos. Ellos representan una parte fundamental de nuestra sociedad y merecen atención en todos los ámbitos. Por ello, me gustaría compartir cinco consejos para quienes tenéis abuelos, padres, madres o personas mayores a vuestro cargo, con el fin de ayudaros a que podáis cuidarlos mejor.

El apoyo social es vital

Que las personas mayores sientan el respaldo de sus familiares y de otras figuras importantes en su vida se relaciona con una menor mortalidad, un mejor cuidado de la salud, mayor adherencia a los tratamientos médicos y menos tiempo de hospitalización. Dedicar un ratito cada día a visitar a esa persona mayor y preguntarle cómo está, qué ha comido o qué ha visto en la televisión, y hacerlo con calidad y atención, se asocia con mayor bienestar subjetivo, satisfacción con la vida y felicidad. Además, es un factor protector frente a la depresión.

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Cuidado con la falta de interés

La apatía, o falta de interés, es uno de los síntomas principales de la depresión en personas mayores. Muchas veces, síntomas como la inatención, la preocupación excesiva o la ansiedad se interpretan como algo propio de la edad, pero no debemos olvidar que los mayores también pueden padecer depresión. En estos casos, el malestar suele expresarse a través del cuerpo: dolores, fatiga, pesadez de las extremidades… Si una persona mayor empieza a decir que ya no tiene interés en las cosas y a quejarse de dolores nuevos, puede estar mostrando los primeros signos de depresión. Es importante estar atentos y acudir al médico de cabecera para buscar la causa.

Empiezan los olvidos

Los olvidos en las personas mayores pueden deberse a una pérdida natural de memoria, a síntomas depresivos o incluso a un posible inicio de Alzheimer. No los normalicemos sin más. Una buena manera de estimular su mente es regalarles libros, crucigramas, sopas de letras u otras actividades que ejerciten sus funciones cognitivas. También podemos ayudarles preguntándoles qué han comido o quiénes les han visitado en los últimos días, reforzando así su memoria.

Atención cuando peligra su vida

Los grupos de mayor riesgo de suicidio son los adolescentes, los adultos jóvenes y, de manera muy significativa, las personas ancianas. De hecho, los mayores de 85 años se suicidan hasta 13 veces más que quienes tienen alrededor de 20 años. Estos datos nos recuerdan la necesidad de estar alerta, especialmente en personas mayores que atraviesan un duelo o carecen de suficiente apoyo social. El acompañamiento, como señalamos en el primer punto, es fundamental para mejorar su bienestar. Entre los principales factores de riesgo están tener más de 75 años, vivir aislados, consumir alcohol y ser hombres.

Cuidar su legado

¿Sabes cuál es el legado de tu abuelo o de tu padre? La próxima vez que visites a una persona mayor, pregúntale cuál cree que es su legado, qué huella ha querido dejar y si siente que lo ha conseguido. Pregúntale también por sus sueños, sus objetivos y qué le hace feliz en el presente. Ofrécele tu tiempo y tu escucha activa, ayúdale a valorar lo que ha aportado al mundo y, si lo necesita, puedes animarle a dar algún paso más para sentirse realizado (quizás sea escribir un libro, pintar un cuadro o enviar un mensaje para que lo escuche el mundo). A veces, tu pequeño gesto puede transformarse en su mayor plenitud.

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Personas mayores y el miedo a la soledad

Como influye el miedo a la soledad en personas mayores

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Uno de los miedos que comparten tanto adolescentes como personas mayores es el miedo a la soledad. Este miedo, que aparece en edades tempranas, no desaparece con el tiempo, sino que va adoptando diferentes formas según la etapa evolutiva de la persona. Aunque en la adolescencia se puede combatir más fácilmente a través de actividades con los iguales, en las personas mayores es más difícil de afrontar, porque, desgraciadamente, muchos han visto cómo personas cercanas se han ido marchando a lo largo de la vida.

Reflexionando acerca de ese miedo que comienza en la adolescencia y se mantiene hasta la vejez, quizá tenga algo que ver con que, para muchos adolescentes, sus figuras de apego más importantes suelen ser sus abuelos. Se trataría de un tándem donde el vínculo se hace más fuerte gracias a ese miedo compartido.

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Aunque el miedo a la soledad y el miedo a estar lejos de las personas queridas aparecen en edades tempranas, combatirlos en personas de edad avanzada es más complicado, porque el rango de actividades y de vínculos con los más cercanos se reduce. Estas personas mayores ven cómo sus hijos van formando su propia vida, y es muy frecuente escuchar frases como: “No quiero molestarles” o “Están muy ocupados y ya hacen su vida”. Aunque ciertas, estas frases se convierten en limitantes que dificultan que las personas mayores sientan la cercanía de sus familiares. Por ello, es responsabilidad de estos familiares, en caso de que los haya, visitar regularmente a las personas mayores y hacerles compañía.

Por otro lado, también existen personas que ya no tienen familiares porque decidieron no tener descendencia o por otros motivos. En estos casos, disponer de recursos sociales, así como de compañías privadas, puede servirles para no sentirse solos y compartir el día a día con otra persona.

El caso de Antonio

Para entenderlo mejor, pensemos en Antonio, un hombre de 78 años que enviudó hace cuatro años. Tiene dos hijos, pero ambos viven en otras ciudades y apenas lo visitan porque, según le dicen, “tienen mucho trabajo y muchos compromisos”. Antonio, que antes disfrutaba de reuniones familiares, comidas en casa y largas conversaciones, ahora pasa la mayor parte del día solo en su piso.

Por las mañanas se levanta, prepara un café y enciende la televisión, que permanece encendida casi todo el día como una forma de compañía. Apenas sale a la calle porque siente que “no tiene con quién”. En ocasiones, sus vecinos lo invitan a tomar algo, pero él suele excusarse con frases como: “No quiero ser una carga” o “Prefiero no molestar”. Poco a poco ha ido perdiendo el hábito de arreglarse y cuidar su higiene, algo que antes consideraba muy importante.

A nivel psicológico, la soledad ha comenzado a pasarle factura. Antonio experimenta sentimientos de tristeza constante, pensamientos recurrentes sobre el sentido de su vida y, en ocasiones, se sorprende a sí mismo deseando “dormirse y no despertar”. La falta de contacto humano ha reducido su motivación, y ya no encuentra interés en las actividades que antes disfrutaba, como leer o hacer crucigramas. Además, la soledad ha aumentado su nivel de ansiedad: cuando pasa muchos días sin hablar con nadie, empieza a sentir palpitaciones, sudor frío y la sensación de que “algo malo” puede pasarle sin que nadie se entere.

Consecuencias psicológicas de la soledad

La historia de Antonio refleja lo que ocurre en muchos casos. Las consecuencias de la soledad en las personas mayores son más graves que en cualquier otra etapa:

Depresión: la ausencia de vínculos significativos puede llevar a sentimientos de vacío, desesperanza y una pérdida del sentido de la vida.

Ansiedad: el miedo a enfermar estando solos, a no ser escuchados o a no tener apoyo genera altos niveles de preocupación.

Deterioro cognitivo: diversos estudios señalan que el aislamiento social está relacionado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo e incluso con la aparición temprana de síntomas de demencia.

Pérdida de autoestima: al sentir que no son importantes para sus familiares o que no tienen un papel relevante en la sociedad, las personas mayores empiezan a percibirse como una carga.

Aumento del riesgo de mortalidad: la soledad prolongada se asocia a problemas físicos como hipertensión, alteraciones del sueño y debilitamiento del sistema inmunológico.

Combatir la soledad en personas mayores requiere un esfuerzo conjunto de familiares, amigos, profesionales y de la sociedad en general. Siguiendo con el caso de Antonio, se podría por ejemplo realizar visitas programadas de sus hijos o nietos, aunque fueran cortas, para mantener el vínculo. También participar en asociaciones de mayores, donde pueda sentirse parte de un grupo y compartir actividades. Otra opción sería que pudiera contar con expertos que le acompañen profesionalmente con sus dificultades donde pueda recibir una compañía de calidad o bien que pueda recibir un acompañamiento psicológico para trabajar sus pensamientos de inutilidad y soledad, y ofrecerle herramientas emocionales.

La soledad no es solo “estar sin compañía”, sino sentirse desconectado del mundo. Cuando las personas mayores, como Antonio, pierden esa conexión, se debilitan física y psicológicamente. Atender este problema no es un gesto opcional, sino una responsabilidad social que puede marcar la diferencia entre un envejecimiento saludable y uno cargado de sufrimiento.

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niño tdah

¿Tener TDAH o es la sociedad TDAH?

La sociedad cada vez presenta más síntomas de TDAH… y eso es preocupante

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.


Hoy en día se habla mucho acerca del TDAH, marcado tanto por el interés creciente por entender a las nuevas generaciones como la mirada escéptica acerca del sobrediagnóstico del TDAH. Entre toda esta confusión acerca de qué es TDAH y qué no lo es, en este artículo intentaremos reflexionar acerca de si lo que tenemos hoy en día es TDAH o si estamos en una sociedad “TDAHizada”.

El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta aproximadamente a un 5% de los niños y a un 2,5% de los adultos. Aunque las cifras varían levemente entre países, para hacernos una idea más clara, podemos decir que de media hay 2-3 alumnos por aula con TDAH.

El TDAH se caracteriza por un déficit frontal (problemas de regulación de la dopamina en el área prefrontal del cerebro), provocando una serie de síntomas, entre los que destacamos las dificultades atencionales, problemas de autocontrol, graves dificultades para la planificación y organización, miopía para el futuro (dificultad para verse y pensar acerca de sí mismo y los demás en situaciones futuras cercanas o lejanas) y, el más importante, dificultades para la autorregulación emocional (si, esta área es la que te ayuda a autorregularte emocionalmente y reducir la frustración, ira y sistema de alarma).

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Hasta aquí podríamos definir el TDAH desde un punto de vista neurobiológico, que explicaría los problemas para mantener relaciones sociales sanas y duraderas, la facilidad para caer en las adicciones y los despistes continuos que muchas veces tienen (y tenemos, que aquí un servidor también es un afectado).

Ahora bien, pensemos… ¿la sociedad actual no tiene cada vez más un poco de TDAH?

La generación Z (o generación cristal) se está criando con una serie de valores en los que no prima el esfuerzo, la constancia, el sacrificio, el pensar a largo plazo, la frustración, el reto… sino más bien al revés, cada vez es más complicado encontrar alumnos (ya sean niños o adolescentes nacidos después del 2000) que piensen en estos términos, aunque es totalmente comprensible. ¿Dónde se está apoyando esta generación? En las nuevas tecnologías (tanto para socializar, entretenerse, formarse, crecer, conectar, educarse…). Y, ¿cómo se está definiendo estas nuevas tecnologías? Muy sencillo:

  • Contenido superficial
  • Se da más valor a la forma que al contenido 
  • Contenido de acceso inmediato
  • Falta de contrastación de las fuentes
  • Se prima el refuerzo al esfuerzo
  • No se habla del largo plazo
  • Fácil acceso
  • Esfuerzo inmediato sin esfuerzo

El pilar del crecimiento (en todos los sentidos) está siendo construido bajo un paradigma altamente moldeable, y esto está generando una sociedad cada vez más dependiente, menos conectada emocionalmente, más frustrada, más pesimista, con poca visión de futuro…

Con ello no estoy diciendo que la solución pase por disolver las nuevas tecnologías y volver al papel y bolígrafo y únicamente libros, pero se deben de regular ciertas aplicaciones y funciones tecnológicas porque a nivel social, emocional e incluso intelectual estamos teniendo repercusiones (hasta el 2008 cada década aumentábamos nuestra puntuación media de inteligencia en 2-3 puntos, pero ahora estamos teniendo cada vez puntuaciones en inteligencia más bajas que nuestras generaciones anteriores, llamándose Efecto Flynn negativo).

Para concluir el artículo, me gustaría compartir que todavía estamos a tiempo (y esto quiero creer) para revertir esta situación, ayudar a las nuevas generaciones a esforzarse más a pesar de la frustración y la poca visión de futuro (en muchos casos negativas), a ser conscientes de las dificultades y a pensar en estrategias para superar las adversidades. Tener TDAH es una dificultad que, con terapia, madurez y esfuerzo se pueden encontrar estrategias para superarlo y convivir con ello, pero para aquellos que no lo tengáis, intentemos esforzarnos para que esta sociedad “TDAHizada” tenga el menor impacto posible en vuestro crecimiento.

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Cuando la sonrisa de José María se apagó: el bullying en la infancia

Como el acoso escolar deja su huella en la infancia y su eco en la vida adulta. Si no protegemos a los niños más vulnerables, lo pagaran ellos a lo largo de los años.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.


El bullying ha sido y continúa siendo uno de los mayores retos que afronta educación, el profesorado, las víctimas y, ahora más que nunca, también los padres. Uno de cada cuatro alumnos, antes de acabar su periodo escolarización, ha sufrido en algún momento una situación de bullying y aquellos alumnos de la comunidad LGTBI+ prácticamente la mitad.

Aunque antes de alarmarnos por si nuestros hijos están sufriendo algún tipo de acoso escolar, definamos bien qué es el bullying.

El bullying es un fenómeno por el cual una persona sufre un acoso sistematizado por parte de otra persona o de un grupo. Este acoso no es puntual, sino que dura un periodo de tiempo considerable, como para que el alumno empiece a sufrir las consecuencias de este acoso. 

Las consecuencias de este acoso continuado produce que el rendimiento académico baje, aparecen problemas de concentración, dificultades para dormir, aislamiento y en algunos casos ideas autolíticas como hacerse daño o acabar con su vida. 

Por ello, el bullying es un reto tan importante donde la responsabilidad reside en todos los adultos con los que la víctima convive y por ello tanto el profesorado como los padres son los responsables de prevenir, identificar y actuar para que esto no se dé.

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Jose Maria niño, adolescente y adulto

Jose María es un niño de ocho años que va a tercero de primaria. Josemaria puede ser tu hijo, tu nieto o tu sobrino, le gusta jugar con el ordenador, juega a fútbol y se levanta contento todos los días para ir al colegio.

Un día Jose María explica a sus padres que un grupo de niños de su clase se están metiendo con él. Los padres, para intentar ayudar a su hijo, le restan importancia y le dicen que son cosas de críos. Jose María lleva una semana recibiendo comentarios desagradables por parte de este grupo, el resto de los compañeros que podrían defenderle callan, y esa sonrisa matutina antes de ir al colegio poco a poco va desapareciendo. Han pasado ya dos semanas y Jose María cada vez juega menos a fútbol, tiene menos ganas de ir al colegio, está nervioso por las noches y tanto los padres como los profesores están preocupados porque está bajando su rendimiento académico. Por eso deciden reunirse en la escuela para hablar de él, ya que no lo ven bien en la escuela y últimamente sus fichas y tareas no las presenta igual de bien que antes. Siguen poniendo el foco de atención en los estudios. 

José María empieza a sentirse tranquilo sólo cuando está en casa de sus abuelos, pero en casa de sus padres empieza a tener problemas para dormir, no quiere ir al colegio y está más nervioso por todo. 

Ya han pasado unos meses y Jose María, el niño que antes estaba sonriente y se relacionaba con la clase ahora pasa a estar solo, no quiere ir a la escuela y los adultos que están a su alrededor no están siendo conscientes que lo que está pasando es que está siendo víctima del bullying. 

Han pasado unos años, Jose María está en plena adolescencia, y ha aprendido que es normal no tener amigos, que la escuela no es un lugar seguro, que sus padres le van a echar bronca porque no hace las tareas y se define como un chico tonto, insuficiente, sin amigos y con muchos miedos. 

Ahora ya han pasado unos años y Jose María es adulto, tiene poca confianza en sí mismo, le cuesta relacionarse y sentir el apoyo de sus padres y a nivel académico no le ha ido también como podría haber sido. Decide ir a terapia porque siente que hay algo que no le está yendo bien.

Cómo afrontar el reto del bullying

Este caso que os he descrito es real, y vino a consulta cuando tenía 20 años. En el caso de mi paciente, así como muchos, no se tomaron las medidas para prevenir, identificar y frenar el acoso por el que José María estuvo recibiendo durante años en la escuela.

Sabemos que en prácticamente todas las aulas, hay algún compañero que, por su carácter, lo hace más vulnerable a sufrir acoso por parte de otros alumnos, quienes también tienen sus dificultades y las achacan a ese pobre niño o adolescente, recibiendo una burla sistemática durante mucho tiempo. 

Todos los adultos que rodean la figura de nuestros niños (padres, profesores, directores de centros, familiares, psicólogos…) somos responsables del cuidado, tanto físico como mental y emocional de la siguiente generación y no podemos olvidarnos de ello.

El trabajo debe realizarse con la víctima, el acosador o grupo de acosadores y con aquellos compañeros que con su silencio no defienden a la víctima de estas agresiones físicas o verbales (no olvidemos que los insultos, el menosprecio y las actitudes pasivo-agresivas también son formas de agresiones que no debemos dejar pasar).

Si no se trabaja durante la infancia estas situaciones de acoso, en la vida adulta tendremos víctimas con falta de seguridad, acosadores que siguen perpetuando una agresividad (en la mayoría de los casos verbal o escrita) y compañeros que con su silencio mantienen este tipo de comportamientos (con sus respectivas inseguridades).

El acoso sistematizado a una persona le acaba generando una herida, un trauma, que arrastrará durante su vida adulta en el trabajo, en las amistades y en las relaciones.

Prevenir, identificar y actuar sobre el Bullying

Tanto profesores como adultos somos responsables de explicar y poner ejemplos de qué situaciones son sanas y qué situaciones no son sanas en las aulas y fuera de ellas. 

La comunicación fluida y sana con los padres será vital para que los niños tengan la confianza de explicar el malestar que están sintiendo en la escuela y los protocolos de actuación anti bullying deben de estar actualizados y aplicarse en todas las aulas. 

La coordinación entre padres, profesionales y profesores es vital para frenar este tipo de acoso tanto dentro como fuera de las aulas, por qué no olvidemos que también existe el ciberbullying donde estos alumnos continúan recibiendo acoso a través de las redes sociales y juegos online.

Nunca es tarde para actuar, pero hagámoslo. Preguntemos sin miedo a nuestros hijos, sobrinos, nietos y alumnos si hay compañeros que se están metiendo con ellos y si es el caso, les vamos a tranquilizar cuando les expliquemos que no están solos, que pueden confiar en los adultos y que este acoso va a acabar.

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Descubre tu vocación terapéutica con este Grado en Psicología online

El auge de la formación en psicología online

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Cada vez más personas que sienten curiosidad o vocación por entender la mente humana se plantean estudiar psicología, y curiosamente son personas que no siempre han acabado bachillerato o un grado superior, sino que son personas adultas con otras formaciones pero, debido a experiencias propias, encuentran en la rama de la psicología un nuevo camino a explorar para conocerse y poder ayudar a otros. Dentro de esa decisión, la opción de estudiar un grado en psicología online ha pasado de ser una rareza a convertirse en una alternativa muy común, dejando de ser extraño el encontrar a estudiantes que siguen sus clases desde casa, conectándose a plataformas virtuales y organizando sus propios horarios.

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Ventajas del estudio online

La idea de estudiar un grado de Psicología online atrae por varias razones. Una de las más evidentes es la flexibilidad. No tener que desplazarse a una universidad física abre la puerta a que personas con trabajos, responsabilidades familiares o que viven lejos de grandes ciudades puedan acceder a esta formación. Se puede estudiar desde un pueblo pequeño o desde otra parte del mundo, siempre que haya conexión a internet. Además, como decíamos antes, cada vez son más los adultos que optan por estudiar un grado de psicología, por lo que la única manera de poder compatilizar las responsabilidades adultas con la formación es mediante los estudios online.

Otro punto fuerte es que el formato online permite adaptar el ritmo de estudio. No todas las personas aprenden igual ni tienen los mismos tiempos. En una carrera como Psicología, donde hay que leer, reflexionar y comprender conceptos, poder pausar las clases, repetirlas o avanzar a tu propio ritmo se convierte en una gran ventaja. Esta opción no está presente en el ámbito presencial, por lo que aquellas personas que por ejemplo encuentran interesante un tema o un concepto, pueden parar los estudios para reflexionar y buscar más información de ese apartado antes de continuar con su formación.

A esto se suma el ahorro económico. Aunque las tasas de matrícula no siempre son más baratas que en la modalidad presencial, estudiar desde casa elimina gastos como el transporte, la residencia o el comer fuera de casa. También se puede aprovechar el material digital, reduciendo el gasto en libros y fotocopias.

La pandemia de COVID-19 marcó un antes y un después, no únicamente en el ámbito sanitario sino también en el mundo académico. Muchas personas que jamás habían considerado estudiar online descubrieron que era posible y, en muchos casos, cómodo. Esto impulsó el crecimiento de la formación a distancia, no solo en Psicología, sino en muchas otras disciplinas. Pero en el caso de esta carrera, el cambio fue especialmente notable: la demanda ha crecido y, por suerte, la oferta también.

Hoy es fácil encontrar universidades que ofrecen el grado en Psicología online. Cada una con sus propias plataformas, sistemas de evaluación y calendarios. Algunas permiten exámenes completamente virtuales, mientras que otras combinan la enseñanza a distancia con pruebas presenciales en centros asociados.

Retos del estudio online

Pero ojo, ¡que no es oro todo lo que reluce! Estudiar Psicología online requiere disciplina y organización. No hay un profesor recordándote cada día las tareas pendientes, así que es importante planificar y evitar caer en la procrastinación. Es el precio a pagar por la libertad que ofrece la formación online, la responsabilidad. Ser adulto, mantener las responsabilidades personales, familiares, laborales, sociales y ahora las académicas es todo un reto del que no todo el mundo es capaz de realizar de forma eficiente. Si a ello le añadimos que la formación es online, el nivel de responsabilidad aumenta.

También puede ser un reto la falta de contacto cara a cara con compañeros y docentes. Sin embargo, muchas plataformas incluyen foros, chats y videollamadas para reducir esa distancia.

Otro aspecto que atrae a quienes eligen esta modalidad es la posibilidad de compatibilizar la carrera con otras actividades. Hay estudiantes que trabajan en el ámbito social o educativo y que, gracias a la flexibilidad de la formación online, pueden aplicar lo que aprenden casi en tiempo real. También hay quienes lo combinan con otras formaciones o proyectos personales. Por ejemplo desde orientación psicológica, intentamos seguir con la difusión sobre la salud mental mientras nos formamos en diferentes disciplinas.

Estudiar psicología online no significa renunciar a la calidad. Las asignaturas, los contenidos y las competencias que se adquieren son las mismas que en el formato presencial, siempre que se elija una universidad con reconocimiento oficial. Y para nosotros este es uno de los puntos cruciales, porque sin ello, la formación en psicología estaría en manos de personas que pueden contar con experiencia pero que no está avalado por centros oficiales (universidades).

Además, esta forma de estudiar fomenta el desarrollo de habilidades muy útiles para el futuro profesional. La autonomía, la gestión del tiempo y la capacidad de aprender de forma independiente son cualidades cada vez más valoradas en el mundo laboral, y la formación online las entrena de forma natural.

En definitiva, para quienes tienen claro que quieren dedicarse a la psicología pero necesitan compatibilizar estudios con otras facetas de su vida, el formato online se presenta como una opción que combina accesibilidad, flexibilidad y oportunidades de aprendizaje adaptadas a cada persona.

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