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Cómo mejorar la autoestima: hábitos y herramientas para empezar a valorarte

Estrategias para entender cómo mejorar tu autoestima

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Orientación Psicológica

Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

Qué es la autoestima y cómo influye en el día a día

La autoestima, como bien su nombre indica, es la forma en la que una persona muestra cariño hacia sí misma. Es importante diferenciar la autoestima del autoconcepto o de la autoimagen, de los que ya hablaremos otro día. Mientras que la autoestima es la forma en la que te muestras cariño hacia ti mismo, el autoconcepto es la forma en la que tú te defines y la autoimagen es la forma en la que tú te ves.

La autoestima que uno se muestra hacia sí mismo influye en la forma de gestionar tu día a día, así como en la capacidad de autorregulación. Una autoestima sana te permite tener mayores estrategias de autorregulación, que es lo que hablaremos hoy, y si además necesitas de ayuda profesional, también hay un equipo de psicólogos en Valencia que te pueden acompañar en ese proceso con una atención adaptada a tu situación.

Señales de que tu autoestima necesita atención

Como si fuera un chequeo médico, hemos de tener en cuenta qué síntomas aparecen en personas que tienen una baja autoestima o que tienden a tener problemas para mostrar una autoestima sana y coherente a lo largo del día.

Autocrítica constante y miedo a equivocarte

Una de las formas más sanas para conocer si tienes una buena autoestima es la forma en la que tú te hablas. Las autoverbalizaciones o la forma en la que diriges tus pensamientos y te hablas a ti misma determinan en gran parte tu capacidad de autorregulación y el cariño con el que vas gestionando lo que va sucediendo durante el día. La autocrítica, en este caso no constructiva, tiene que ver con una forma rígida y agresiva de dirigirte hacia ti misma. Aparecen verbalizaciones como «otra vez vuelves a cagarla», «no vales para nada», «siempre lo haces mal»… Con una forma muy extremista de ver la situación. Ese tipo de autoverbalizaciones aparecen por experiencias tempranas negativas y modelos educativos donde la crítica y la exigencia forman parte del día a día. Darte cuenta de la forma en la que tú te hablas es muy importante como paso previo para empezar a regularte.

El miedo a equivocarse también está relacionado con la autocrítica, y también con la imagen que queremos tener de nosotros y que pensamos que los demás tienen hacia nosotros. Vivimos en una sociedad muy exigente, lo cual aumenta los niveles de estrés y la exigencia a la hora de resolver conflictos.

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Necesidad de aprobación y dificultad para poner límites

La necesidad de aprobación o deseabilidad social es un elemento social necesario para la convivencia con el resto de personas, pero el problema aparece cuando esta necesidad de aprobación monopoliza la forma en la que nos relacionamos. Cuando nuestra autoestima depende del número de likes, si nos dicen que la ropa nos queda bien, si vamos a la última moda, si tenemos la última red social… Esa necesidad de aprobación dificulta que podamos reflexionar y delimitar acerca de cómo somos y cómo queremos ser. Y esto tiene que ver con la dificultad para poner límites hacia los demás y también hacia nosotros mismos. Recordemos que los límites dan seguridad y la seguridad da tranquilidad. Aprender a decir no es difícil al principio, pero es un paso previo necesario para mantener una estabilidad y coherencia en la dirección del rol con el que nosotros nos queramos definir.

Cómo mejorar la autoestima, paso a paso

Identifica cómo te hablas cuando cometes un error

Como decíamos antes, las autoverbalizaciones son muy importantes, porque definen la forma en la que nosotros nos tratamos. Un ejercicio para mejorar la forma en la que te hablas es imaginarte como si estuvieras hablando con tu niño interior, un niño más pequeño, desprotegido y que no es consciente del error que ha podido cometer. Piensa en ese niño como aquella parte tuya, más frágil y que es más importante cuidar, de la misma manera que seguro que hay alguien en tu vida a quien le tienes mucho cariño y que también haría cualquier cosa por cuidarte. Intenta utilizar un tono neutro, bajo, alargando las palabras del final y con pausas que te permitan reflexionar acerca de lo que está pasando.

Reconoce tus capacidades en lugar de exigirte perfección

Entender que todos tenemos un techo es condición necesaria como muestra de un inicio para mejorar en aquel ámbito. Reconocer tus capacidades implica aceptar ese sentimiento de inferioridad que aparece cuando te comparas con una versión tuya que es capaz de todo o con otra persona que lo hace mejor que tú. Aceptar el sentimiento de inferioridad es una muestra de madurez que te permite avanzar en la dirección que desees. El perfeccionismo es una forma de intentar hacer las cosas, pero no es ni la única ni la mejor. Aceptar el fallo y el error es una muestra también de madurez y una mejora en la capacidad de autorregulación para seguir haciendo frente a las adversidades del día a día.

Establece límites y cuida tus relaciones

Como decíamos antes, los límites dan seguridad a ti y a la otra persona, y la seguridad te permite estar más tranquila. Marcar límites a los demás provocará una frustración en ellos y será un elemento que ellos tendrán que gestionar y no tú. Marcar límites es una forma de hacer que cada uno sea responsable del modo de vida que deseen tener. Cuidar las relaciones implica cuidar los vínculos y cuidar la forma en la que también te relacionas contigo mismo. Las relaciones que mantienes con los demás son una muestra de la relación que tienes contigo mismo, y por ello, si estás incómodo con las relaciones que tienes, probablemente habrá aspectos tuyos que también te generan incomodidad, aunque te hayas acostumbrado a ellos.

Fija objetivos pequeños y observa tus avances

Establecer unas metas claras, concretas y concisas te ayudará a ver los avances a lo largo del tiempo. Mi recomendación es que los objetivos que tengas los puedas plantear a lo largo de un tiempo amplio, como, por ejemplo, encontrar una mejora en tu puntualidad a lo largo del año, estableciendo pequeñas metas semanales. Observar tus avances significa darte cuenta de si estás yendo en la dirección que te gustaría, describiendo cómo lo estás haciendo y no juzgando ni la forma ni el avance. La descripción de lo que sucede es condición necesaria para mejorar en cualquier ámbito, y es una alternativa a un juicio crítico y negativo hacia nosotros mismos.

Cuida los hábitos que influyen en tu bienestar

Es importante que seas sincera contigo misma y que te preguntes cuáles son aquellos hábitos que te permiten estar más estable a lo largo del día. Puede ser hacer deporte, escuchar música, dar un paseo, visitar a tus abuelos… Piensa en aquellos hábitos que sean saludables, que puedas controlar, que sean de fácil aplicación y que sientas que tu cuerpo agradece como una forma de estabilidad.

Errores frecuentes al intentar mejorar la autoestima

Son varios los errores cuando pensamos en mejorar la autoestima, como es, por ejemplo, marcarnos metas inalcanzables, compararnos con los demás o con nuestra mejora, conectar con algunos traumas que todavía no se han resuelto, pensar que esto se consigue en poco tiempo…

Cuándo conviene buscar ayuda psicológica

Cuando consideras que ha pasado un tiempo suficiente de trabajo personal, pero las situaciones del día a día no te permiten mantener esa estabilidad, a pesar de tus intentos, mi recomendación es que pidas ayuda psicológica y un acompañamiento para trabajar aquellos aspectos de los que todavía tú no eres consciente, pero que te están frenando la versión más sana de ti misma.

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niño a terapia infantil

Cuando llevar a un niño al psicólogo por Winkels Abogados

Cuándo es necesario que tu hijo asista a terapia infantil

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

La terapia infantil puede estar recomendada en situaciones muy diferentes: cuando se dan problemas de conducta, con dificultades emocionales, problemas de ansiedad, miedos, problemas escolares, cambios importantes en la vida familiar, procesos de separación o divorcio (acudir a un abogado de custodia compartida), dificultades de adaptación derivadas de cambios en la organización familiar o en el régimen de convivencia. Sin embargo, acudir a un psicólogo no significa necesariamente que exista un trastorno. En muchas ocasiones, la intervención psicológica sirve precisamente para prevenir que una dificultad puntual termine convirtiéndose en un problema mayor, y por ello informar y prevenir es uno de los mayores recursos que disponemos para que la salud mental de vuestro hijo sea prioritaria.

Una de las principales dificultades que encontramos los adultos es saber cuándo determinados comportamientos forman parte del desarrollo normal del niño y cuándo pueden estar indicando que necesita ayuda. Los niños no siempre tienen las herramientas necesarias para explicar lo que les ocurre y por eso, en ocasiones, su malestar aparece en forma de rabietas, cambios de comportamiento, problemas para dormir, irritabilidad, dificultades en el colegio o incluso síntomas físicos. Para comprender la dificultad que puede existir a la hora de detectar determinados problemas emocionales, debe tenerse en cuenta que, en algunos niños, el malestar psicológico puede manifestarse a través de irritabilidad, cambios de humor, aislamiento o alteraciones de conducta, entre otros posibles signos. 

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Cuando el comportamiento cambia

Un cambio significativo y mantenido en la conducta del niño puede ser una señal de que algo está ocurriendo. Un niño que habitualmente es tranquilo y comienza a mostrarse especialmente irritable, agresivo, desafiante o aislado puede estar expresando un malestar que no sabe explicar de otra manera. En estos casos, resulta importante que los adultos traten de comprender qué puede estar sintiendo el menor, evitando juzgar o minimizar sus emociones. 

No se trata de llevar a terapia a un niño cada vez que tiene una rabieta o desobedece. Las conductas difíciles forman parte del desarrollo y todos los niños atraviesan etapas más complicadas. La cuestión está en observar la intensidad, la frecuencia, la duración y el impacto que tienen en su vida cotidiana. 

También debemos prestar atención a cambios que aparecen de manera repentina: dejar de jugar, perder interés por actividades que antes disfrutaba, mostrarse mucho más triste, estar constantemente enfadado o presentar una necesidad excesiva de estar con los adultos.

Ansiedad, miedos y preocupaciones

Los miedos también forman parte de la infancia. El miedo a la oscuridad, a determinados animales o a separarse de los padres puede aparecer en diferentes etapas y desaparecer progresivamente.

La preocupación surge cuando ese miedo empieza a limitar al niño. Si evita ir al colegio, dormir solo, quedarse con otras personas, participar en actividades o separarse de sus padres, puede ser conveniente realizar una primera visita para entender qué está pasando y si se trata de un miedo evolutivo que ha de solventar para seguir desarrollándose o es una dificultad mucho más grave que está queriendo explicar otro problema.

Lo mismo puede ocurrir ante situaciones de ansiedad o malestar emocional. Algunos síntomas físicos o cambios de conducta, como dolores frecuentes de barriga o de cabeza, dificultades para dormir o una preocupación excesiva, pueden aparecer asociados a estas situaciones, aunque su origen debe ser valorado por los profesionales correspondientes. 

En estos casos, no siempre es fácil para los padres relacionar los síntomas físicos con el estado emocional. El niño puede decir que le duele la barriga sin ser consciente de que, en realidad, está preocupado por algo que ocurrirá al día siguiente.

Separaciones, divorcios y custodias compartidas

La separación de los progenitores supone un cambio relevante en la organización familiar. Esto no significa que el divorcio o la ruptura de pareja vaya a provocar necesariamente problemas psicológicos en los hijos. La adaptación del menor dependerá de múltiples circunstancias y, entre ellas, de su edad y madurez, de la estabilidad de sus rutinas, de la relación que mantenga con ambos progenitores y de la forma en que los adultos gestionen la nueva situación familiar. 

En los supuestos de custodia compartida, algunos menores pueden necesitar un periodo de adaptación a la alternancia de domicilios, las nuevas rutinas o la organización de los tiempos con cada progenitor. La existencia de una custodia compartida no implica, por sí misma, la necesidad de intervención psicológica, que deberá valorarse atendiendo a las circunstancias concretas y a las necesidades del menor.

El objetivo de la terapia no debería ser determinar qué progenitor tiene razón ni convertirse en una herramienta dentro del conflicto familiar. Su finalidad es ayudar al niño a comprender y expresar lo que siente, adquirir recursos para adaptarse a los cambios y garantizar que sus necesidades emocionales sean tenidas en cuenta por parte tanto de él mismo como de los padres.

Desde el punto de vista jurídico, cualquier decisión relativa a los hijos menores debe adoptarse atendiendo primordialmente a su interés superior. Por ello, ante una separación o divorcio, el asesoramiento de un abogado de custodia compartida puede resultar útil para valorar las circunstancias familiares y establecer unas medidas adecuadas a las necesidades concretas de los hijos.

Además, en muchas ocasiones el trabajo con los padres resulta tan importante como el realizado directamente con el niño. La forma en la que los adultos gestionan una separación puede facilitar o dificultar enormemente la adaptación del menor.

¿Quién decide si el menor debe acudir al psicólogo tras una separación? 

Cuando los progenitores ejercen conjuntamente la patria potestad, las decisiones relevantes relativas a los hijos deben adoptarse, con carácter general, de común acuerdo, sin perjuicio de los supuestos previstos legalmente en los que puede actuar uno solo de ellos. 

En caso de desacuerdo, el artículo 156 del Código Civil prevé la posibilidad de acudir a la autoridad judicial para que, después de oír a ambos progenitores y al hijo si tuviera suficiente madurez y, en todo caso, si fuera mayor de doce años, atribuya a uno de ellos la facultad de decidir. Existen, además, reglas específicas respecto de la asistencia psicológica de los hijos menores en determinados supuestos de violencia expresamente contemplados en dicho precepto.

Cuando aparecen dificultades en el colegio

Los cambios en el rendimiento académico también pueden ofrecer información relevante sobre el bienestar del menor. Un descenso repentino de las notas, falta de concentración, rechazo a acudir al colegio, conflictos frecuentes con compañeros o profesores o una pérdida de interés por las actividades escolares pueden indicar que existe alguna dificultad que conviene explorar.

No siempre se trata de un problema emocional. Detrás de estas dificultades pueden existir múltiples causas, incluidas dificultades de aprendizaje o de atención, que deberán ser valoradas, en su caso, por los profesionales correspondientes.

Por eso, antes de asumir que un niño «no quiere estudiar» o «no se esfuerza», es importante preguntarnos qué puede estar dificultando que lo haga.

También es importante escuchar lo que ocurre dentro del aula. Un niño puede presentar dificultades académicas porque no comprende determinados contenidos, pero también porque se siente rechazado, tiene miedo a equivocarse, sufre acoso o experimenta una presión excesiva por parte de su entorno.

Cuando le cuesta relacionarse con los demás

Las relaciones sociales son otra área importante. Algunos niños son más tímidos, necesitan más tiempo para relacionarse o prefieren jugar solos, y eso no significa necesariamente que exista un problema.

Sin embargo, si un niño quiere relacionarse pero no consigue hacerlo, tiene conflictos constantes con sus compañeros, se siente rechazado, no sabe interpretar determinadas situaciones sociales o sufre intensamente por ello, puede resultar conveniente valorar la intervención de un profesional de la psicología. 

El objetivo no es convertir a todos los niños en personas extrovertidas, sino ayudarles a desarrollar las herramientas que necesitan para relacionarse de una manera que les permita sentirse seguros.

Ante situaciones especialmente difíciles

Hay acontecimientos que pueden superar los recursos habituales de un niño: el fallecimiento de un familiar, una enfermedad, un accidente, un cambio de ciudad, el nacimiento de un hermano, experiencias de acoso escolar, violencia, separación de figuras importantes o cualquier otra experiencia que haya generado un impacto significativo. Este tipo de circunstancias pueden constituir acontecimientos vitales estresantes para el menor y afectar de manera diferente a cada niño. 

En estos casos, la terapia tiene por objetivo proporcionar un espacio seguro en el que el niño pueda elaborar lo ocurrido y encontrar formas más saludables de afrontarlo.

No todos los niños reaccionan de la misma manera ante una misma situación. Algunos expresarán claramente lo que sienten, mientras que otros pueden parecer indiferentes o continuar con su rutina habitual. Por eso, no debemos valorar únicamente lo que el niño dice, sino también cómo está funcionando en su día a día.

¿Hay que esperar a que el problema sea grave?

No es necesario esperar a que el malestar del menor alcance una intensidad elevada para solicitar orientación profesional. 

La psicología infantil no tiene que utilizarse únicamente cuando existe un diagnóstico. También puede ser útil para prevenir, orientar y acompañar. En ocasiones, unas pocas sesiones pueden ayudar a los padres a comprender qué está ocurriendo y aprender cómo responder ante determinadas situaciones.

Además, pedir ayuda no significa que los padres hayan hecho algo mal. La crianza es compleja y existen momentos en los que necesitamos una mirada externa que nos ayude a entender mejor lo que está sucediendo.

Lo más importante es observar al niño y preguntarnos si existe un cambio respecto a cómo era habitualmente, si su malestar se mantiene en el tiempo y, sobre todo, si está interfiriendo en su vida familiar, escolar o social.

A veces, detrás de un «no sé qué le pasa» se encuentra precisamente un niño que sí está intentando decirnos algo, pero todavía no sabe cómo expresarlo. La terapia puede ayudarle a poner palabras a aquello que todavía no puede explicar.

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Los límites no separan, protegen

Cuando pasamos de ser buenas personas a ser complacientes, se pierde la esencia y seguridad en uno mismo. Ser complaciente no es ser buena persona.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Lucía es una niña de ocho años y, desde bien pequeña, sus padres siempre le han repetido que tiene que portarse bien. Cuando dicen “portarse bien” se refieren a no tener conflictos con los compañeros, ayudar a los demás, colaborar con los profesores, ayudar en casa y pedir ayuda cuando lo necesite.

Cuando Lucía llega a la adolescencia, con 13 o 14 años, se da cuenta de que tiene un grupo de amigas con las que hace muchas actividades que les gustan a ellas, pero le cuesta proponer las suyas. Cuando le han propuesto ir al cine, ha dicho que sí, aunque en realidad no tenía muchas ganas.

Más adelante, cuando empieza a salir por las noches con sus amigas, Lucía nota que el mundo de la noche nunca le ha gustado demasiado: siempre ha preferido quedarse en casa, viendo una película tranquilamente con su familia o con sus amigas.

Lucía termina sus estudios superiores, aunque vive algunos conflictos con sus compañeros, porque a veces se aprovechan de ella en los trabajos en grupo.

Ahora, ya en el mundo laboral, se da cuenta de que cada vez le piden más tareas, y eso la agobia. Pero no puede decir que no, porque piensa que hacerlo sería no ser una buena trabajadora ni una buena compañera.

A Lucía le pasa lo mismo que a muchas personas: tiene dificultades para marcar límites.

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Nadie nos enseña a marcar límites

Marcar límites no es ser egoísta, ni pensar solo en uno mismo, ni restar importancia a las necesidades de los demás. Marcar límites es el paso previo y necesario para poder sentir seguridad. Y cuando sentimos seguridad, podemos estar tranquilos.

El orden es el siguiente: los límites hacia los demás y hacia uno mismo trazan el camino hacia la seguridad, y sentir esa seguridad nos permite estar más tranquilos, tanto con nosotros mismos como con nuestro entorno.

Si no aprendemos a marcar límites, permitiremos que los demás traspasen nuestras fronteras, no comprenderemos que ellos también tienen las suyas, y viviremos con una sensación constante de peligro, porque en cualquier momento alguien podrá decir o hacernos algo que nos dañe.

Cuándo poner límites

Hay momentos clave en los que debemos decir basta: cuando te hablan mal, cuando dicen cosas que tú no has dicho, cuando te piden hacer algo que va en contra de tu voluntad o de tus valores, cuando te exigen demasiado o cuando no estás de acuerdo con una dinámica familiar.

También es importante ponernos límites a nosotros mismos: al consumo de azúcar, al exceso de trabajo, a las pantallas, o a los entretenimientos que no son sanos.

Para entender si lo que te están pidiendo requiere poner un límite o no, la pregunta es sencilla: ¿me estoy sintiendo cómodo con esto?

Escucha a tu cuerpo. Si notas rechazo hacia esa persona o hacia lo que te pide, tienes todo el derecho del mundo a decir que no. Pero también tienes la responsabilidad de hacerlo de una forma sana, porque marcar límites exige hacerlo con respeto, tanto hacia ti como hacia los demás.

Consecuencias de marcar límites

En el momento en que empieces a pensar en tus propias necesidades y a defenderlas, verás cómo eso genera cierta incomodidad en las personas de tu entorno.

Estarás cambiando dinámicas familiares, porque dejarás de cargar con responsabilidades que no te corresponden. También cambiará la relación con tu pareja, porque dejarás de hacer aquello que te exigía pero que te hacía sentir incómoda.

Y mientras suceden estos cambios, notarás cómo cada vez te sientes más segura. Con el tiempo, esos límites te harán sentir una seguridad que transformará el nerviosismo inicial por las consecuencias en tranquilidad y confianza en ti misma.

Lo difícil es la primera vez. Pero cuando aprendes a marcar límites de forma sana, te das cuenta de que hubiera estado bien empezar a hacerlo hace años.

Como decía antes: los límites te llevan a la seguridad, y la seguridad a la tranquilidad.

Así pues… ¿cuándo vas a empezar?

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alzheimer

La luz que no se apaga: cómo cuidar y comprender a una persona con Alzheimer

Más de 100.000 andaluces conviven con alguna demencia. Entender el curso evolutivo del Alzheimer ayuda a humanizar el cuidado y reducir el sufrimiento.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

La enfermedad de Alzheimer es uno de los grandes retos que tenemos por delante, tanto para los profesionales como para los familiares de las personas mayores de 65 años.
Aproximadamente un 7 % de la población mayor de esa edad podría padecer Alzheimer y, según datos de la Junta de Andalucía, más de 100.000 personas en la comunidad están diagnosticadas con algún tipo de demencia.
Actualmente existe el Plan Integral de Alzheimer y otras Demencias de Andalucía, cuyo objetivo es orientar, prevenir, detectar, diagnosticar, atender y realizar un seguimiento a personas con algún tipo de deterioro cognitivo, ofreciendo apoyo tanto a pacientes como a familiares.

Hoy me gustaría explicaros las tres fases por las que suele pasar una persona con Alzheimer, para que podáis comprender cuáles son los síntomas más frecuentes y cómo podéis ayudar a quienes lo padecen.

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Primer estadio

En esta fase inicial, que suele abarcar entre el segundo y el cuarto año, una de las claves para detectarlo son las dificultades con la memoria reciente. Cuando le preguntas a una persona con Alzheimer qué ha comido ese día o qué ha hecho por la mañana, probablemente no lo recuerde.
En estos momentos, la persona suele empezar a repetir los mismos temas. También aparecen algunos cambios en la personalidad: puede mostrarse más irritable, y al ser consciente de su enfermedad, experimentar frustración.

Será fundamental que realice actividades relacionadas con el lenguaje, como leer o hacer sopas de letras, además de usar listas de tareas que le ayuden a organizar el día. Para los familiares, es recomendable practicar ejercicios de memoria, tanto de momentos actuales como del pasado.
La memoria remota suele permanecer intacta y, aunque a veces se repita, no pasa nada por escuchar de nuevo esas historias que recuerdan y que siguen dando sentido a su vida.

Segundo estadio

En esta fase moderada, que puede durar entre tres y cinco años, la persona empieza a sufrir una mayor desorientación espacio-temporal (no recuerda fechas ni lugares) y amnesia tanto retrógrada como anterógrada (no recuerda hechos pasados ni consolida los nuevos).
En algunos casos, pueden aparecer síntomas psicóticos, como alucinaciones.

Cuando observamos estos signos en un familiar, debemos ayudarle en las actividades básicas de la vida diaria. Si es posible, es recomendable su ingreso en un centro donde pueda estar acompañado; en caso contrario, es fundamental que cuente con la presencia de un profesional o cuidador durante el día.

Tercer estadio

En esta fase avanzada —la última—, la duración es variable, pero los síntomas son más severos. Se presentan problemas de memoria, atención y lenguaje, además de dificultades motoras (“marcha a pequeños pasos”) y pérdida de reconocimiento hacia sí mismo y hacia los demás.

Esta etapa resulta especialmente dura, no solo para la persona enferma, sino también para sus familiares, que observan cómo su ser querido se va apagando poco a poco.
En este punto, es recomendable recibir terapia psicológica o apoyo emocional, para poder comprender el proceso, y asegurar que el afectado disponga de cuidados las 24 horas, ya que lamentablemente deja de poder valerse por sí mismo.

La luz se va apagando

La persona con Alzheimer se apaga lentamente, en una marea de frustración, miedo e irritabilidad, tanto por su propia confusión como por el impacto que genera en quienes la rodean.
No es consciente de muchas de las cosas que hace o dice; la muerte neuronal progresiva le va arrebatando poco a poco sus capacidades. Es una vela que se consume, pero que mantiene su llama hasta el final.

Aunque puedan tener dificultades para reconocer a sus seres queridos, la memoria emocional permanece. A través de gestos sencillos —dar la mano, acariciar, hablar con ternura— podemos reactivar esa llama que todavía arde, lenta, pero cálida.

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autismo

Autismo: una forma distinta de sentir, pensar y vivir

Comprender el autismo implica mirar con empatía y conocer sus particularidades para acompañar mejor a quienes viven con esta condición.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

Cada vez se escuchan más casos de niños y niñas diagnosticados con autismo o trastorno del espectro autista (TEA). Para entender este diagnóstico —y, por tanto, comprender a ese familiar, amistad o compañero que lo presenta— es importante adoptar una mirada empática que nos ayude a comprender, y no juzgar, a las personas que han nacido con esta condición. Entender cómo son desde dentro también les permitirá abrirse, conocerse y regularse, porque, del mismo modo que un diagnóstico no tiene por qué limitarlas, sí puede convertirse en el motor que las impulse a mejorar en su día a día.

A de atención atípica

Las personas con autismo tienen dificultades para mantener una atención constante en aquellas tareas que no despiertan su interés. Estas dificultades de atención sostenida o selectiva (diferenciar lo importante de lo accesorio) a veces se confunden con el TDAH, otro trastorno del neurodesarrollo.

Aquí podemos enseñarles que la atención tiene relación con el valor que le damos a las cosas. Si les ayudamos a descubrir el valor real de una tarea, también estaremos ayudándoles a enfocar su atención de forma más adaptativa.

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T de tiempo de adaptación distinto

A las personas con autismo les cuesta más adaptarse a los cambios, a las nuevas rutinas o a los contextos sociales. En general, cualquier cosa que sea externa a sus intereses o que no hayan repetido previamente les puede resultar difícil.

Necesitan más tiempo para adaptarse, por lo que será importante anticipar y prepararlas para los cambios, incluso si se trata de un simple plan de fin de semana o de introducir un alimento nuevo.

I de intereses profundos

Las personas con autismo suelen tener intereses restringidos y dedican gran parte de su tiempo y energía a unos pocos temas. Por ejemplo, pueden sentirse fascinadas por el espacio, los dinosaurios, los trenes o los coches.

El problema no está en la intensidad del interés, sino en la dificultad para abrirse a otros, lo que puede generar obstáculos en las relaciones sociales si no comparten los mismos temas con los demás.

S de sensibilidad elevada

Es muy frecuente que respondan de forma emocionalmente intensa ante las situaciones cotidianas, los cambios inesperados o las interacciones con desconocidos. Este exceso de sensibilidad se relaciona con sus dificultades para autorregularse y calmarse.

Por eso, es fundamental enseñarles estrategias que les ayuden a relajarse y no reaccionar con tanta intensidad ante las contrariedades del día a día.

M de modo diferente de comunicarse

Las personas con autismo suelen tener dificultades para comunicarse e interactuar de forma fluida con los demás. Les puede costar mantener el contacto ocular, responder a lo que se les pide, respetar los turnos de palabra o preguntar por la otra persona.

Esto se debe, principalmente, a un problema de reciprocidad emocional: les cuesta entender que para interactuar es importante atender al estado emocional propio y ajeno.

Por ejemplo, si alguien les cuenta un problema emocional, puede que no sepan cómo responder, ya que no captan la carga emocional del mensaje. Por eso, tanto en niños como en adultos, es esencial trabajar las habilidades sociales y la empatía.

O de oportunidad

Las personas con autismo son, en muchos casos, un diamante en bruto. Si se les comprende y se les ofrece un entorno adecuado, pueden desplegar todo su potencial.

Algunos ejemplos de personas conocidas con autismo son Anthony Hopkins (actor), Satoshi Tajiri (creador de Pokémon), Greta Thunberg (activista), Bill Gates y Elon Musk.

Animo a las empresas a contratar a personas con esta condición. Con una estructura clara y un entorno estable, pueden desempeñar tareas con gran eficacia y responsabilidad.

Y, en el caso de los niños, animo a los padres a acudir a consulta para que aprendan habilidades de autorregulación y sociales, y para potenciar su motivación y talento. Porque, bien acompañados, estos niños y niñas no tienen límites.

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agresividad tierna

La agresividad tierna: cuando el cariño se mezcla con la fuerza

Cómo relacionamos la agresividad, el cariño, los vínculos y el autocontrol cuando sentimos un deseo y una energía frenética hacia la otra persona.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Seguro que en algún momento habéis escuchado: “¡Si es que me comería a este niño!” o “¡Dan ganas de apretarlo!”. Cuando se tienen unas ganas increíbles de apretar, abrazar o morder a alguien (tu pareja, un bebé, una persona a la que hace mucho tiempo que no ves…) y empiezas a hacerlo de una forma controlada, estás llevando a cabo lo que llamamos agresividad tierna, agresividad afectiva o agresión cariñosa. Aunque utilizamos la palabra agresión, no hay nada de agresivo en esta manera de demostrar nuestro cariño. Sin embargo, es cierto que si no aprendemos a controlarnos, podemos llegar a hacer daño a la otra persona. Y esto es lo que pasa en algunas ocasiones.

 

En las parejas, esta agresión tierna se da cuando se muerden los mofletes o la barbilla, se abraza muy fuerte o, por ejemplo, se pellizca alguna parte del cuerpo. Esta agresión tierna aparece indistintamente en hombres o mujeres, en adultos o en niños.

Vamos a entender por qué tenemos esta ternura y para qué nos sirve.

La agresión tierna es una forma de impulso que aparece en contextos de cariño, de vínculo o de juego, pero no con la intención de dañar, sino como una forma de descargar energía y expresar una emoción intensa. Para que aparezca esta ternura, necesitamos de tres sistemas de nuestro cerebro.

El primer sistema es el sistema límbico, un sistema muy antiguo que nos permite dar una respuesta emocional primaria, participando principalmente la amígdala. La amígdala se activa moderadamente que hace que aparezca una parte agresiva y energética, pero hay otra estructura llamada corteza prefrontal que controla a la amígdala, evitando que ese impulso se convierta en violencia.

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El siguiente sistema es el dopaminérgico, que se activa tanto en momentos de atracción como en la agresividad lúdica. Al activarse este sistema, cuando se muerde a la otra persona o se da ese abrazo tan fuerte, nuestro cerebro libera dopamina y endorfinas, dos sustancias que refuerzan nuestra conducta y nos producen placer.

El último sistema es el de apego, al liberarse una sustancia que regula nuestros vínculos: la oxitocina. La oxitocina, al igual que la corteza prefrontal, regula nuestra conducta agresiva y aumenta el vínculo con la persona con la que estamos mostrando esta agresividad tierna. Por eso, al abrazar fuerte a alguien o jugar con algo de fuerza, se combinan la excitación y la ternura.

Ahora que conocemos por qué tenemos esta agresividad tierna, vamos a entender para qué sirve este tipo de conductas.

La agresividad tierna permite fomentar vínculos con alguien a quien tenemos mucho cariño o con quien queremos mostrar afecto.A nivel social, también sirve para que el grupo vea que estamos mostrando cariño y afecto hacia los nuevos miembros, fomentando la cohesión grupal y permitiendo que los padres se sientan tranquilos.

Es también una forma de regular nuestra energía y nuestros deseos cuando estamos con nuestra pareja. En algunos contextos, la agresión tierna puede servir para regular ese apetito de intimidad y no ir a mayores.

En algunos juegos de niños, la agresión tierna también sirve para fomentar la cohesión y el vínculo a través del contacto, sin llegar a ser disruptivo o malintencionado hacia el otro compañero. Permite vincularse con la otra persona sabiendo que se puede descargar esa energía de forma controlada.

En el caso de bebés y niños, esta agresividad tierna aparece cuando el afecto es tan intenso que su sistema nervioso no puede procesarlo solo con ternura, y por ello necesita añadirle un componente motor, como apretar, morder o gritar.

La agresión tierna es, en resumen, una forma de autorregulación emocional que nos permite mostrar y expresar lo que estamos sintiendo, dejando entrever que lo que sentimos es muy intenso, pero controlándonos para no llegar a hacer daño a la otra persona. Así que ya sabes: la próxima vez que le des un abrazo muy fuerte a tu pareja o un pequeño mordisco en la mejilla, recuérdale que le estás diciendo que le quieres todavía más de lo que estás mostrando. Porque, si te dejaras llevar solo por la emoción, ¡te la comerías entera!

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estar tranquilo

El esfuerzo de estar tranquilo

No se trata de ser feliz todo el tiempo, sino de aprender a estar tranquilo mientras la vida sucede. Porque la calma, más que un estado, es una habilidad.

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Psicólogos especializados en trastornos del neurodesarrollo.

 

Durante muchos años se nos ha vendido que el objetivo en esta vida es ser felices. El problema de estar continuamente en búsqueda de esa felicidad es que perseguimos una emoción escurridiza, que dura poco, que no podemos controlar y que puede aparecer en los momentos menos esperados. Cuando estoy en terapia, los pacientes no vienen buscando esa felicidad, sino que vienen para compartir cómo se sienten, qué les pasa y qué pueden hacer para encontrarse mejor. Ese “estar mejor” es, en realidad, sinónimo de tranquilidad.

El verdadero objetivo que tenemos todos en esta vida es poder estar en calma mientras perseguimos nuestros sueños y afrontamos los desafíos del día a día. En una sociedad tan demandante, con tanto estrés y tantas exigencias —propias y ajenas—, alcanzar esa tranquilidad no siempre es fácil. Aprender a sentir calma gracias a nosotros mismos es complicado, porque requiere darse cuenta de cómo uno se encuentra, dedicarse tiempo, haber aprendido a calmarse, poner límites, ajustar lo que queremos conseguir con lo que realmente podemos alcanzar, y lidiar con las presiones. Y todo esto, desde luego, no es tarea sencilla.

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Nassim Taleb, economista y filósofo, decía en su libro El lecho de Procusto: “La persona a la que más temes contradecir es a ti misma”. Y esto también es aplicable a las personas que acuden a terapia. En muchas ocasiones, nuestra forma de actuar no nos ayuda a estar más calmados, y seguimos reproduciendo patrones que aprendimos y que quizás, hasta cierto momento, nos funcionaron. El problema llega cuando ese comportamiento deja de servirnos, y debemos comenzar a actuar en otra dirección. Aquí entra el aforismo de Taleb: debemos empezar a contradecirnos y a cuestionar nuestra manera de actuar, porque hemos llegado a un punto en el que ya no funciona.

Un muro que hemos construido

En la mayoría de los casos, la persona sabe lo que tiene que hacer para encontrarse bien. Solo necesita preguntárselo y dedicar unos minutos a pensar. Puede escuchar esa vocecilla interior diciéndole qué necesita en ese momento para estar tranquila: “no quedes con esa persona”, “cambia de trabajo”, “haz deporte”… Pero cuando uno piensa en el esfuerzo que debe hacer para conseguir esa tranquilidad, puede sentir un muro delante que le impide avanzar.

Superar ese muro implica esfuerzo, vencer miedos, superar traumas o afrontar el temido “qué dirán”. Y es aquí donde, en muchas ocasiones, la persona necesitará ayuda si no es capaz de superar ese muro por sí misma para alcanzar y mantener la calma.

El esfuerzo de estar tranquilo

Poder estar tranquilo o calmado requiere un esfuerzo diario para no dejarse arrastrar por las emociones y el malestar que, en muchas ocasiones, es propio, pero en otras nos viene impuesto. Es un esfuerzo para escuchar, comprender, empatizar, no frustrarse, saber cómo uno se siente, pensar en alternativas, preguntarse si está haciendo lo correcto, no gritar, pedir ayuda, ser realista, encontrar puntos medios… ¡Son tantos los elementos que uno debe tener en cuenta para estar tranquilo que casi podría decirse que es un trabajo a tiempo completo!

Y es que la salud mental no va de pastillas, sino de autoconocimiento y de valentía para saltar ese muro.

Había un cantante que me encanta escuchar, llamado Prome, que en una de sus letras decía: “La melodía que te acompañe en la vida seguirá el ritmo al que tú la bailes”. No olvides que tú marcas el ritmo con el que haces frente al día a día. Habrá días en los que irás más rápido y otros en los que irás más lento. Sea como sea, salta el muro, escúchate, pero no te detengas.

Baila —aunque sea a tu ritmo—, y si necesitas ayuda para autorregularte, pídela. Se camina más rápido solo, pero acompañado se llega más lejos.

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Cuidar a las personas mayores

Cuidar a quienes nos cuidaron es un reto de nuestra sociedad. En Almería, miles de personas mayores esperan atención, compañía y la oportunidad de dejar huella.

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Una de cada cinco personas en España tiene más de 65 años y en la provincia de Almería, aproximadamente, una de cada seis. Esto nos hace pensar en la importancia de destinar recursos a las personas mayores, no solo materiales, sino también psicológicos. Ellos representan una parte fundamental de nuestra sociedad y merecen atención en todos los ámbitos. Por ello, me gustaría compartir cinco consejos para quienes tenéis abuelos, padres, madres o personas mayores a vuestro cargo, con el fin de ayudaros a que podáis cuidarlos mejor.

El apoyo social es vital

Que las personas mayores sientan el respaldo de sus familiares y de otras figuras importantes en su vida se relaciona con una menor mortalidad, un mejor cuidado de la salud, mayor adherencia a los tratamientos médicos y menos tiempo de hospitalización. Dedicar un ratito cada día a visitar a esa persona mayor y preguntarle cómo está, qué ha comido o qué ha visto en la televisión, y hacerlo con calidad y atención, se asocia con mayor bienestar subjetivo, satisfacción con la vida y felicidad. Además, es un factor protector frente a la depresión.

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Cuidado con la falta de interés

La apatía, o falta de interés, es uno de los síntomas principales de la depresión en personas mayores. Muchas veces, síntomas como la inatención, la preocupación excesiva o la ansiedad se interpretan como algo propio de la edad, pero no debemos olvidar que los mayores también pueden padecer depresión. En estos casos, el malestar suele expresarse a través del cuerpo: dolores, fatiga, pesadez de las extremidades… Si una persona mayor empieza a decir que ya no tiene interés en las cosas y a quejarse de dolores nuevos, puede estar mostrando los primeros signos de depresión. Es importante estar atentos y acudir al médico de cabecera para buscar la causa.

Empiezan los olvidos

Los olvidos en las personas mayores pueden deberse a una pérdida natural de memoria, a síntomas depresivos o incluso a un posible inicio de Alzheimer. No los normalicemos sin más. Una buena manera de estimular su mente es regalarles libros, crucigramas, sopas de letras u otras actividades que ejerciten sus funciones cognitivas. También podemos ayudarles preguntándoles qué han comido o quiénes les han visitado en los últimos días, reforzando así su memoria.

Atención cuando peligra su vida

Los grupos de mayor riesgo de suicidio son los adolescentes, los adultos jóvenes y, de manera muy significativa, las personas ancianas. De hecho, los mayores de 85 años se suicidan hasta 13 veces más que quienes tienen alrededor de 20 años. Estos datos nos recuerdan la necesidad de estar alerta, especialmente en personas mayores que atraviesan un duelo o carecen de suficiente apoyo social. El acompañamiento, como señalamos en el primer punto, es fundamental para mejorar su bienestar. Entre los principales factores de riesgo están tener más de 75 años, vivir aislados, consumir alcohol y ser hombres.

Cuidar su legado

¿Sabes cuál es el legado de tu abuelo o de tu padre? La próxima vez que visites a una persona mayor, pregúntale cuál cree que es su legado, qué huella ha querido dejar y si siente que lo ha conseguido. Pregúntale también por sus sueños, sus objetivos y qué le hace feliz en el presente. Ofrécele tu tiempo y tu escucha activa, ayúdale a valorar lo que ha aportado al mundo y, si lo necesita, puedes animarle a dar algún paso más para sentirse realizado (quizás sea escribir un libro, pintar un cuadro o enviar un mensaje para que lo escuche el mundo). A veces, tu pequeño gesto puede transformarse en su mayor plenitud.

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Personas mayores y el miedo a la soledad

Como influye el miedo a la soledad en personas mayores

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Uno de los miedos que comparten tanto adolescentes como personas mayores es el miedo a la soledad. Este miedo, que aparece en edades tempranas, no desaparece con el tiempo, sino que va adoptando diferentes formas según la etapa evolutiva de la persona. Aunque en la adolescencia se puede combatir más fácilmente a través de actividades con los iguales, en las personas mayores es más difícil de afrontar, porque, desgraciadamente, muchos han visto cómo personas cercanas se han ido marchando a lo largo de la vida.

Reflexionando acerca de ese miedo que comienza en la adolescencia y se mantiene hasta la vejez, quizá tenga algo que ver con que, para muchos adolescentes, sus figuras de apego más importantes suelen ser sus abuelos. Se trataría de un tándem donde el vínculo se hace más fuerte gracias a ese miedo compartido.

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Aunque el miedo a la soledad y el miedo a estar lejos de las personas queridas aparecen en edades tempranas, combatirlos en personas de edad avanzada es más complicado, porque el rango de actividades y de vínculos con los más cercanos se reduce. Estas personas mayores ven cómo sus hijos van formando su propia vida, y es muy frecuente escuchar frases como: “No quiero molestarles” o “Están muy ocupados y ya hacen su vida”. Aunque ciertas, estas frases se convierten en limitantes que dificultan que las personas mayores sientan la cercanía de sus familiares. Por ello, es responsabilidad de estos familiares, en caso de que los haya, visitar regularmente a las personas mayores y hacerles compañía.

Por otro lado, también existen personas que ya no tienen familiares porque decidieron no tener descendencia o por otros motivos. En estos casos, disponer de recursos sociales, así como de compañías privadas, puede servirles para no sentirse solos y compartir el día a día con otra persona.

El caso de Antonio

Para entenderlo mejor, pensemos en Antonio, un hombre de 78 años que enviudó hace cuatro años. Tiene dos hijos, pero ambos viven en otras ciudades y apenas lo visitan porque, según le dicen, “tienen mucho trabajo y muchos compromisos”. Antonio, que antes disfrutaba de reuniones familiares, comidas en casa y largas conversaciones, ahora pasa la mayor parte del día solo en su piso.

Por las mañanas se levanta, prepara un café y enciende la televisión, que permanece encendida casi todo el día como una forma de compañía. Apenas sale a la calle porque siente que “no tiene con quién”. En ocasiones, sus vecinos lo invitan a tomar algo, pero él suele excusarse con frases como: “No quiero ser una carga” o “Prefiero no molestar”. Poco a poco ha ido perdiendo el hábito de arreglarse y cuidar su higiene, algo que antes consideraba muy importante.

A nivel psicológico, la soledad ha comenzado a pasarle factura. Antonio experimenta sentimientos de tristeza constante, pensamientos recurrentes sobre el sentido de su vida y, en ocasiones, se sorprende a sí mismo deseando “dormirse y no despertar”. La falta de contacto humano ha reducido su motivación, y ya no encuentra interés en las actividades que antes disfrutaba, como leer o hacer crucigramas. Además, la soledad ha aumentado su nivel de ansiedad: cuando pasa muchos días sin hablar con nadie, empieza a sentir palpitaciones, sudor frío y la sensación de que “algo malo” puede pasarle sin que nadie se entere.

Consecuencias psicológicas de la soledad

La historia de Antonio refleja lo que ocurre en muchos casos. Las consecuencias de la soledad en las personas mayores son más graves que en cualquier otra etapa:

Depresión: la ausencia de vínculos significativos puede llevar a sentimientos de vacío, desesperanza y una pérdida del sentido de la vida.

Ansiedad: el miedo a enfermar estando solos, a no ser escuchados o a no tener apoyo genera altos niveles de preocupación.

Deterioro cognitivo: diversos estudios señalan que el aislamiento social está relacionado con un mayor riesgo de deterioro cognitivo e incluso con la aparición temprana de síntomas de demencia.

Pérdida de autoestima: al sentir que no son importantes para sus familiares o que no tienen un papel relevante en la sociedad, las personas mayores empiezan a percibirse como una carga.

Aumento del riesgo de mortalidad: la soledad prolongada se asocia a problemas físicos como hipertensión, alteraciones del sueño y debilitamiento del sistema inmunológico.

Combatir la soledad en personas mayores requiere un esfuerzo conjunto de familiares, amigos, profesionales y de la sociedad en general. Siguiendo con el caso de Antonio, se podría por ejemplo realizar visitas programadas de sus hijos o nietos, aunque fueran cortas, para mantener el vínculo. También participar en asociaciones de mayores, donde pueda sentirse parte de un grupo y compartir actividades. Otra opción sería que pudiera contar con expertos que le acompañen profesionalmente con sus dificultades donde pueda recibir una compañía de calidad o bien que pueda recibir un acompañamiento psicológico para trabajar sus pensamientos de inutilidad y soledad, y ofrecerle herramientas emocionales.

La soledad no es solo “estar sin compañía”, sino sentirse desconectado del mundo. Cuando las personas mayores, como Antonio, pierden esa conexión, se debilitan física y psicológicamente. Atender este problema no es un gesto opcional, sino una responsabilidad social que puede marcar la diferencia entre un envejecimiento saludable y uno cargado de sufrimiento.

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¿Tener TDAH o es la sociedad TDAH?

La sociedad cada vez presenta más síntomas de TDAH… y eso es preocupante

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Hoy en día se habla mucho acerca del TDAH, marcado tanto por el interés creciente por entender a las nuevas generaciones como la mirada escéptica acerca del sobrediagnóstico del TDAH. Entre toda esta confusión acerca de qué es TDAH y qué no lo es, en este artículo intentaremos reflexionar acerca de si lo que tenemos hoy en día es TDAH o si estamos en una sociedad “TDAHizada”.

El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo que afecta aproximadamente a un 5% de los niños y a un 2,5% de los adultos. Aunque las cifras varían levemente entre países, para hacernos una idea más clara, podemos decir que de media hay 2-3 alumnos por aula con TDAH.

El TDAH se caracteriza por un déficit frontal (problemas de regulación de la dopamina en el área prefrontal del cerebro), provocando una serie de síntomas, entre los que destacamos las dificultades atencionales, problemas de autocontrol, graves dificultades para la planificación y organización, miopía para el futuro (dificultad para verse y pensar acerca de sí mismo y los demás en situaciones futuras cercanas o lejanas) y, el más importante, dificultades para la autorregulación emocional (si, esta área es la que te ayuda a autorregularte emocionalmente y reducir la frustración, ira y sistema de alarma).

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Hasta aquí podríamos definir el TDAH desde un punto de vista neurobiológico, que explicaría los problemas para mantener relaciones sociales sanas y duraderas, la facilidad para caer en las adicciones y los despistes continuos que muchas veces tienen (y tenemos, que aquí un servidor también es un afectado).

Ahora bien, pensemos… ¿la sociedad actual no tiene cada vez más un poco de TDAH?

La generación Z (o generación cristal) se está criando con una serie de valores en los que no prima el esfuerzo, la constancia, el sacrificio, el pensar a largo plazo, la frustración, el reto… sino más bien al revés, cada vez es más complicado encontrar alumnos (ya sean niños o adolescentes nacidos después del 2000) que piensen en estos términos, aunque es totalmente comprensible. ¿Dónde se está apoyando esta generación? En las nuevas tecnologías (tanto para socializar, entretenerse, formarse, crecer, conectar, educarse…). Y, ¿cómo se está definiendo estas nuevas tecnologías? Muy sencillo:

  • Contenido superficial
  • Se da más valor a la forma que al contenido 
  • Contenido de acceso inmediato
  • Falta de contrastación de las fuentes
  • Se prima el refuerzo al esfuerzo
  • No se habla del largo plazo
  • Fácil acceso
  • Esfuerzo inmediato sin esfuerzo

El pilar del crecimiento (en todos los sentidos) está siendo construido bajo un paradigma altamente moldeable, y esto está generando una sociedad cada vez más dependiente, menos conectada emocionalmente, más frustrada, más pesimista, con poca visión de futuro…

Con ello no estoy diciendo que la solución pase por disolver las nuevas tecnologías y volver al papel y bolígrafo y únicamente libros, pero se deben de regular ciertas aplicaciones y funciones tecnológicas porque a nivel social, emocional e incluso intelectual estamos teniendo repercusiones (hasta el 2008 cada década aumentábamos nuestra puntuación media de inteligencia en 2-3 puntos, pero ahora estamos teniendo cada vez puntuaciones en inteligencia más bajas que nuestras generaciones anteriores, llamándose Efecto Flynn negativo).

Para concluir el artículo, me gustaría compartir que todavía estamos a tiempo (y esto quiero creer) para revertir esta situación, ayudar a las nuevas generaciones a esforzarse más a pesar de la frustración y la poca visión de futuro (en muchos casos negativas), a ser conscientes de las dificultades y a pensar en estrategias para superar las adversidades. Tener TDAH es una dificultad que, con terapia, madurez y esfuerzo se pueden encontrar estrategias para superarlo y convivir con ello, pero para aquellos que no lo tengáis, intentemos esforzarnos para que esta sociedad “TDAHizada” tenga el menor impacto posible en vuestro crecimiento.

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